¡Qué
horror! Me imagino que el espectáculo dantesco vivido por los habitantes de Nepal, cuando el 25 de abril tembló la
tierra, derribando edificios y abriendo grandes brechas en los suelos, les
habrá hecho pensar que se aproximaba el fin del mundo. Y digo esto porque el Apocalipsis no parece que vaya a ser como se describe en la Biblia, el de la Bestia
de siete cabezas y siete cuernos, el Anticristo. Más bien se presentará como
una alteración en la estructura geológica de nuestro planeta. La enorme energía
que generan las placas continentales al moverse, aunque solo sean unos
centímetros, desencadena y seguirá desencadenando catástrofes naturales de
inimaginables consecuencias.
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Más de diez mil muertos y miles de heridos es un
balance aún provisional. Los dos últimos terremotos arrasaron Nepal. El paisaje
urbano, sencillo, pero acogedor, es hoy un enorme almacén de escombros de
edificios derribados por una energía telúrica de incalculable poder destructor (Foto larepublica.pe) |
El
planeta Tierra ha sufrido muchos terremotos a lo largo de su existencia. Han
muerto millones de personas y animales, se han destruido pueblos y ciudades, y los
océanos han lanzado sus impetuosas aguas sobre las zonas costeras, barriendo a
su paso todo lo que hallaban. Y por si la amenaza sísmica y su repercusión en el
mar no fuera aún suficientemente terrorífica, para completar el cuadro
infernal de un escenario pavoroso están los volcanes, con sus tremendas
explosiones, gases letales y aterradoras lenguas de lava ígnea.
En la
composición del planeta no hay ni maldad ni perversidad, ni paz ni justicia
como en la Biblia. Lo que contiene su interior son unas inmensamente grandes
placas tectónicas cuyos movimientos no puede ni podrá controlar el hombre. No
podrá frenarlos, pero, por el contrario, puede contribuir a que se produzcan, ignoro
en qué medida, con la inyección o extracción de combustibles como el gas y el
petróleo. Un ejemplo bien reciente lo tenemos en el Mediterráneo, el proyecto Castor, frente a la costa de Castellón.
Se intentó instalar en el mar un almacén de gas natural, en el lugar donde hubo
un yacimiento de petróleo agotado. Hubiera sido una buena reserva. Pero pronto se
pararon los trabajos porque, tras inyectar el gas, pequeños movimientos sísmicos
perturbaban la tranquilidad de pueblos y ciudades costeras.
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La ayuda
médica es imprescindible para socorrer al elevado número de heridos que produjo
el seísmo. También medicinas, alimentos, ropa y medios potabilizadores que eviten epidemias. (Fotoinfovzla.net)
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Mas
nada tienen de parecido estos mini-seísmos castellonenses con los terremotos de
Nepal, de magnitud claramente destructiva. Si el de abril superó los siete
grados en la escala Richter, seguido de muchas réplicas fuertes, el del pasado
martes tuvo similares características. Cuando leí la noticia del primer movimiento
telúrico pensé en los cientos de montañeros
que en estos meses previos al Monzón
(período de lluvia persistente de junio a finales de agosto) están en plena
actividad en el Himalaya. El Everest,
afectado más que otros montes por la proximidad del epicentro del seísmo, una
montaña bellísima, joven y en pleno proceso de configuración orográfica, aún
llena de vida geológica, techo del mundo, tiene en su campo base, a más de
cinco mil metros de altitud, la planicie escabrosa, si se puede llamar así,
donde instalan los campamentos todas las expediciones. Encima, y cerca, está el
glaciar del Khumbu, paso obligado en
la ascensión a la cumbre por la vía normal, la de la cara sur-sureste.
¡Qué
espanto! Uno está allí feliz, al pie del glaciar, preparando la ascensión o ayudando
a los compañeros de los campos superiores. De súbito, la tierra se mueve, cruje
la montaña, y causa pavor el ruido sordo de una avalancha de nieve y
bloques de hielo que se precipita por la vertiente, arrastrando y enterrando en
su frío interior a un número indeterminado de montañeros. ¿Acaso alguno de esos
esforzados deportistas pensaba que iba a perecer de manera tan inesperada?
Cuando se sube a una cumbre de las características del Everest, uno teme ser
víctima de un alud, de la caída en la grieta del glaciar, de la extenuación, del
frío o de un inesperado cambio del tiempo…, pero ni por asomo se piensa en un
terremoto. Primero, porque hace más de ochenta años que no se produce en esa
zona un seísmo de las características del de abril. Y segundo, porque las
dificultades para llegar a la cima son tantas, y tan grande el esfuerzo, que toda
la atención se centra en la seguridad y los pormenores de la subida.
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Campo base
del Everest. Varios montañeros han
muerto en plena ascensión; otros muchos están desaparecidos. Una avalancha de
nieve y seracs convirtió la zona de
acampada en lugar dantesco. (Foto es.wikiloc.com)
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Sin
embargo, no debemos olvidar que la Cruz
Roja del Reino Unido advirtió hace meses que el valle de Katmandú, uno de los más poblados del
mundo, es una zona de alta actividad sísmica, donde en cualquier momento puede
producirse un terremoto. En 1934, hace
unos ochenta años, Nepal sufrió un movimiento muy devastador, con más de once mil
muertes. Entonces tuvo una magnitud superior a los ocho grados, uno más
que el del pasado mes abril. Otros seísmos de años posteriores no fueron tan
dañinos, pero, en lo que va de siglo, los dos últimos han vuelto a recrudecer
la tragedia.
Ahora
toca colaborar. Hay cuentas abiertas en bancos españoles para el envío de dinero
a los nepalíes. Y aunque nuestras donaciones no sirvan de consuelo a quienes
han perdido familia, amigos y hogar, al menos contribuirán a dar comida,
alojamiento y atención sanitaria a millones de damnificados, niños y adultos, y a evitar epidemias que agraven aún más el estado
de unas gentes bondadosas, hoy de nuevo víctimas del infortunio. Ayudar a ese
pueblo, a los laboriosos y sacrificados sherpas, no es una simple obra de
caridad. Es darles el mismo afecto y la misma solidaridad que ellos derrocharon
y derrochan con montañeros y turistas de todo el mundo.- JT