jueves, 27 de julio de 2017

Ridícula intervención de Sánchez ante los medios

Con la venia, señor Sánchez: ha errado 
usted el camino (El Periódico)
Me parece infame la actitud del socialista Pedro Sánchez tras las declaraciones del presidente del Partido Popular en el juicio del caso Gürtel. No se le ocurrió otra cosa que pedir la inmediata dimisión de Rajoy. Así, sin más, que se vaya de inmediato de la presidencia del Gobierno. Punto. ¿Está de coña este joven político? ¿Toma el pelo a los ciudadanos con sus absurdas reacciones infantiles pero cargadas de mala uva? Sánchez deja al socialismo democrático por los suelos. Creo que debería abandonar el PSOE y fundar con sus acólitos un nuevo partido. Por el camino que sigue, la bofetada electoral que se va a pegar será superior a la de sus homónimos franceses, quienes acabaron poco menos que diluyéndose. Va dado si cree que con la deriva hacia la izquierda radical recuperará el sufragio perdido. Esos votantes huidos primero con Rubalcaba y seguidamente, y en mayor medida, con Sánchez, cuando fue candidato a la Moncloa, no los recuperará. Votarán a Podemos, a Ciudadanos, al PP o se abstendrán. Pero mientras siga él al frente del PSOE, no veo que la gente quiera votarle.

PURGAS
        La purgas en el PSOE indignan a quienes han venido depositando su confianza en un partido serio y prestigioso. Políticos de la talla de Corcuera, Paco Vázquez, Felipe González, Alfonso Guerra, etc., se han visto menospreciados por la nueva ejecutiva socialista. Unos ya abandonaron el barco. Otros siguen, pero sus consejos son desatendidos y sus opiniones infravaloradas. El caso de Alfonso Guerra levanta ampollas. Sánchez quiere retirarlo de la presidencia ejecutiva de la Fundación Pablo Iglesias. Su apoyo a Susana Díaz y las discrepancias entre ambos sobre el separatismo catalán van a dejar a Guerra fuera de juego.
        La presencia de Sánchez ante los medios para pedir a Rajoy que dimita fue en mi opinión ridícula y desacertada. No era lugar ni momento para exigir su cabeza. El presidente del PP actuó como testigo, no como investigado. Es decir, no compareció para que lo juzgasen, sino para testificar sobre aspectos del caso Gürtel ante unos acusadores que lo interrogaron como si fuese inculpado. Pero el secretario general del PSOE se tomó muy a pecho la comparecencia, y no tardó en subir a la palestra para protagonizar ante el micro, papel en mano, gesto serio y voz grave, una de las ruedas de prensa más grotescas de los últimos tiempos.- JT

lunes, 24 de julio de 2017

Cambio climático: ¿Nos autodestruimos?

Contamina, que nada queda (Foto Jomi Dadppas)
La retirada de Estados Unidos del Acuerdo de París, suscrito por 195 países en diciembre de 2015, podría debilitar en gran medida la lucha contra el cambio climático. El deterioro ambiental en proporciones alarmantes no es una cuestión de hoy día, como algunos puedan pensar. Ya en los siglos XVIII y XIX había contaminación en lugares de grandes concentraciones humanas. Las aguas de París, por citar un ejemplo, en tiempos de Luis XIV, estaban sucias, contaminadas, pero era un problema muy localizado dentro de un área de elevado índice de población. Sin embargo, con la expansión industrial y urbana del siglo XIX se registró un aumento muy considerable en el deterioro de la biosfera, y ese deterioro ha seguido creciendo hasta alcanzar en la actualidad niveles alarmantes tanto por su intensidad como por su extensión geográfica.
      Antaño, las zonas contaminadas eran muy reducidas con relación al conjunto del planeta. Hoy tienden a cubrirlo todo, a propagarse por doquier. No sólo las emisiones y los residuos industriales son una amenaza contra la pureza y la integridad del medio. Hay también otra fuente de contaminación a gran escala que es consecuencia de la actividad humana. Son los desechos de la vida diaria. La población mundial se aproxima a los 7.000 millones de habitantes y genera masas ingentes de residuos. Además, el auge imparable del uso de vehículos de motor lleva emparejada una progresiva emisión a la atmósfera de los llamados gases del efecto invernadero.

¿Amenaza o fata morgana?
      El panorama no puede ser más sombrío: residuos contaminantes, gases que influyen en el aumento de la temperatura media global, vertidos industriales en ríos, lagos y mares… Y para mayor desesperación, el hombre sigue devastando grandes extensiones de bosques, cuando sabe que el árbol contribuye a regular la presencia del dióxido de carbono en el aire. Así se comprende que expertos de todo el mundo consideren la degradación de la biosfera como un fenómeno esencial de nuestro tiempo.

Pero cabe preguntarse si la acción del hombre es una verdadera amenaza para la vida en la Tierra, y sobre todo en qué medida somos responsables de su degradación. Aunque los criterios de la comunidad científica sobre estas cuestiones son divergentes, hay que señalar que la mayoría de los expertos responsabilizan al hombre como causante de los cambios bruscos del clima y de la desaparición de especies, debido, en gran parte, a la emisión de gases del efecto invernadero. Este efecto lo produce la retención del calor en zonas de la atmósfera próximas a la corteza terrestre. Y se debe sobre todo a la presencia en el aire de una capa de óxidos de carbono y nitrosos, entre otros, procedentes de las combustiones industriales, principalmente del petróleo, el carbón y el gas natural.

Marc: Nos autodestruimos

      Así las cosas, la situación actual ha llevado a algunos científicos, como es el caso del francés Philippe Saint Marc, a manifestar que la humanidad se está autodestruyendo. Es esta ciertamente una sentencia apocalíptica que no debemos desoír porque queda aún mucho camino por recorrer en materia de conservación de la biodiversidad, sinónimo de abundancia de especies, aunque en un sentido más amplio puede aplicarse a la variabilidad que encierran  otros niveles de organización como genes, poblaciones, comunidades, ecosistemas y  paisajes.
      Hemos vivido durante siglos y siglos con la idea de que la naturaleza es un bien gratuito e inagotable, pero las circunstancias y el tiempo nos han demostrado lo contrario. El hombre del siglo XIX pensaba más en las relaciones humanas que en su vínculo con la naturaleza. Por eso, las filosofías liberales y marxistas de la época sólo se preocupaban del nivel de vida, pero no de la calidad de vida.
      Así las cosas, la alarma por la degradación de la biosfera ha ido creciendo a medida que sus consecuencias amenazaban aspectos esenciales de la vida humana tales como la salud y el clima. Los pronósticos sobre la subida de la temperatura media del planeta, el progresivo deshielo de los casquetes polares, y los cambios bruscos en climas regionales y globales están creando un ambiente generalizado de inquietud en el mundo sobre el futuro de la Tierra. A pesar de ello, ningún científico ha demostrado de manera fehaciente, con datos incuestionables y evidencias, que estemos contribuyendo a nuestro propio exterminio.
      Frente a la catastrófica sentencia de Marc, de que la humanidad se autodestruye, otros expertos menos pesimistas sostienen que la temperatura del planeta no aumenta de forma alarmante como consecuencia de las emisiones de dióxido de carbono o CO2 y de otros gases de efecto invernadero. Es más, esos científicos creen que un ligero incremento de la temperatura media sería básicamente positivo.

Capella: Los datos no evidencian el efecto

      El astrofísico Francisco Capella, especialista en temas medioambientales, rebate las hipótesis más difundidas del calentamiento global y de la subida del nivel del mar a causa de la actividad humana. En su opinión, el mar lleva varios siglos ascendiendo levemente, tal vez por movimientos tectónicos, pero no debido al cambio en el clima ni tampoco por la acción del hombre. Para Capella la influencia antropogénica en ese cambio y sus consecuencias en el calentamiento no se conocen bien, pero tampoco parecen conducir a una catástrofe. Además, no se sabe cuál es el nivel peligroso de los gases de efecto invernadero y, por lo tanto -apunta este astrofísico-, estabilizar o reducir un nivel sería arbitrario no tendría base científica.
      Por otra parte, sobre el efecto del CO2 en la variación del clima Capella afirma que los datos históricos de miles de años obtenidos en el hielo de la Antártida no muestran evidencias de ese efecto. Pero admite que las concentraciones de este y otros gases del efecto invernadero han aumentado un 30% en los últimos 150 años, aunque sin ningún calentamiento global asociado. Este científico refuerza su teoría afirmando que los datos atmosféricos de las últimas décadas no dan ningún incremento en la temperatura media de la Tierra, sino más bien un leve enfriamiento.

Duffi: La culpa es del agua

      De manera similar a Capella opina el profesor de Ingeniería Química de la Universidad neozelandesa de Auckland, Geofrey Duffi. Este experto rechaza los mitos de la responsabilidad del hombre en el calentamiento global. Asegura rotundamente que no existe ninguna prueba clara de que el CO2 produzca ese calentamiento. Culpa al sol de las oscilaciones de temperatura registradas a lo largo de la historia, y atribuye a la acción humana la emisión de un mínimo porcentaje de dióxido de carbono.
      Para Duffi, el agua es el factor principal del efecto invernadero, pues el CO2, el metano, los óxidos nitrosos, etc., apenas representan, tanto en cantidad como en efecto, una mínima influencia comparada con la que ejerce en este ámbito el vapor de agua. Y respalda su teoría afirmando que la tendencia hacia el calentamiento del planeta terminó en 2001, según los resultados de mediciones atmosféricas realizadas por expertos.

Amenaza latente: nuestro entorno se desertiza (Foto EFE)
Lovelock: El hombre también es culpable

      Sin embargo, un ambientalista de fama mundial, el británico James Lovelock, bioquímico y doctor en medicina, a quien se considera el padre de la ecología moderna, defiende teorías muy contrarias a las de Capella y Duffi. Este experto recibió en 2009 el Premio Fonseca de la Universidad de Santiago de Compostela por su labor en el campo de la divulgación científica. Inventó el detector de electrones, y fue el creador de la Teoría de Gaia (la Tierra) con la que trata de demostrar que nuestro planeta se comporta como un organismo vivo y capaz de autorregularse. No obstante, Lovelock duda de que nos quede mucho tiempo para encontrar respuestas y poder salvarlo. Culpa en parte al hombre del calentamiento global, a causa de la contaminación, y apunta que hacia el final del siglo es probable que el aumento de la temperatura haya transformado la mayor parte de la Tierra en un desierto. Son tremendas sus apreciaciones porque, según él, ya no podemos frenar el calentamiento del planeta, pues, el CO2 acumulado en la atmósfera tardará al menos un siglo en desaparecer. Pero sí podemos reducir sus efectos, y esto es lo importante, frenando o ralentizando las emisiones.

Proteger y conservar lo heredado

      Al margen de lo que opine el señor Trump y de las disquisiciones entre científicos sobre una u otra teoría en torno al futuro del planeta, no cabe duda de que todos, en la medida de lo posible, debemos preocuparnos por la integridad y la pureza de nuestro entorno. Con cualquier paso que demos, con cualquier acción que llevemos a cabo, individual o colectiva, para proteger y conservar la biosfera, es decir, nuestro escenario vital, estaremos contribuyendo al fracaso de unos pronósticos apocalípticos que, de cumplirse, significarían el fin de la humanidad.

      En una escala de protección está en primer lugar el hombre, su bienestar, qué duda cabe, pero en estrecha relación con él hay un conjunto imprescindible de elementos a preservar formado por la fauna, la flora y los ecosistemas. Y si me apuran, pues añadiría el paisaje. Creo que sólo así, con la acción protectora de administradores y administrados sobre nuestro medio ambiente natural podremos dejar en herencia un territorio habitable, y si no mejor, al menos tan íntegro y hermoso como el recibimos de nuestros antepasados.- JT 

lunes, 29 de mayo de 2017

Carta al aún políticamente inmaduro Pedro Sánchez

Los españoles ya no votamos ideologías, votamos programas. Y sensatez. ¿Se imaginan la reacción de la izquierda ante una derecha festejando brazo en alto su victoria? (Foto de El País)


      De aquél líder que surgió tras el fracaso de Rubalcaba al Pedro Sánchez actual hay un gran abismo. Entonces parecía usted predestinado a dirigir el país: joven, educado, resuelto en la forma, comedido en la expresión, con una sorprendente capacidad de aguante y, además, apuesto. Confieso que llegué a creer que usted sería el gran sucesor de Rajoy. Pero, con el tiempo, su forma de actuar y sus declaraciones cambiaron mi parecer hasta el punto de que a día de hoy no le votaría, ni de coña, para la presidencia del Gobierno. Es una responsabilidad muy seria. Y tan alta encomienda no se puede dejar en manos de personajes cuyas opiniones fluctúan como veletas giradas por el viento.
      Se lo digo porque, con su forma de actuar, ha montado usted un guirigay en su partido; lo ha montado en una formación de brillante trayectoria político-social a pesar de sus muchos altibajos. El coste de su ambición es grande, señor Sánchez. Podría equivaler a la destrucción de una fuerza política de casi 140 años de vida. El fondismo del que usted hace gala no se casa bien con la extrema terquedad que mostró en su negativa sin más a Rajoy y al PP. Hay que oponerse, claro que sí; hay que descabalgar del poder a quienes lo ejercen rodeados de corruptos, pero no por el mero hecho de hacerlo y de manera tan torpe y terca como la suya. Y menos aún usando un latiguillo tonto y hasta infantil, de cole de secundaria, el del “no es no”, sino con argumentos serios y atractivos para el votante.
      La militancia socialista, capitidisminuida en los últimos años, no le va a dar la victoria de la Moncloa. Somos los votantes, los millones de españoles que nos mantenemos a la espera del devenir del PSOE quienes diremos si usted ya es hombre de Estado con opciones de gobierno o un simple pretendiente al trono monclovita. De momento, la escena que presenciamos nos decepciona. No se comportan ustedes como buenos compañeros de viaje, sino como rivales movidos por la venganza y el rencor. Pierden el tiempo día a día en rencillas internas, en torpes enfrentamientos que pueden llevar al PSOE a una autoaniquilación, avivada por los podemitas, buitres hambrientos a la espera de que caiga la presa para devorarla. Y la presa podría caer, señor Sánchez. ¿Se da usted cuenta? Un nuevo fracaso electoral sería el acabose.

PROGRAMAS, NO IDEOLOGÍAS
      Y podría caer porque los españoles no vamos a votar a un PSOE por su radicalización hacia la izquierda. No votamos ideologías sino programas, promesas creíbles, proyectos que mejoren nuestra justicia social y acaben con las desigualdades, pero sin destrozar la situación económica del país. Hace años, muchos ya, señor Sánchez, y parece que ni usted ni quienes le secundan se han enterado, en Europa no se votan ideologías. No se vota a una derecha o a una izquierda porque sí. Lo que los pueblos quieren es que les resuelvan sus problemas y, sobre todo, que no acaben con su estado de bienestar. Es decir, se votan programas.
      Recapacite, pues, señor secretario general socialista. Tuvo agallas para descender desde lo alto de un aerogenerador (70 m), y luego le echó bemoles al ascender por el impresionante Peñón de Ifach con cuerda y en buena compañía. Superó satisfactoriamente ambos retos, sin dejarse vencer por el miedo o el vértigo. Pase ahora, pues, su tenacidad y su aplomo deportivo a la política. Pero recuerde que la militancia no lo es todo en el éxito de un partido. Y menos cuando está invadida por un absurdo deseo de venganza hacia sus derrotados compañeros. No pierda más tiempo en ello. Trabaje para hacer de España un país aún más próspero y proteja el bienestar de todos. Y en ningún caso contribuya a su desintegración. Nadie, con un mínimo de sensatez, se lo perdonaría.- JT

martes, 9 de mayo de 2017

In memoriam: Ueli Steck, la ardilla humana del alpinismo

Steck: Fracasaré cuando muera
Recordando a Steck viene a mi memoria una sentencia de Corneille, quien afirmaba que cada instante de la vida es un paso hacia la muerte. Después de dar muchos y muy rápidos pasos, Ueli se nos ha ido. Cada instante suyo era meteórico; era como el tránsito de una estrella fugaz. Parecía tener siempre prisa por alcanzar el objetivo. Subía sin detenerse, sin mirar abajo, rápido, firme, bien asegurado con sus piolets, hincando con firmeza sobre el hielo las afiladas puntas de los crampones. Fue una máquina trepadora, una huidiza ardilla hacia su morada en la parte más alta del árbol.
        Adoraba la montaña para contemplarla, vivirla y vencerla, aunque la empresa estuviese cargada de peligros. Para él no había adversidad. Se proponía un objetivo, y lo cumplía. La palabra perder estaba erradicada de su vocabulario. Fracasaré cuando muera, dijo, ya que la muerte tampoco formaba parte de sus planes. Tal vez en ese exceso de invulnerabilidad, en su convencimiento de sentirse fuerte y seguro para afrontar las dificultades esté la explicación de su accidente en la terrorífica pared de hielo del Nuptse.
        No voy a recordar aquí la vida y obra de este extraordinario montañero, uno de los mejores del mundo en la historia del alpinismo extremo. Los medios han dado estos días completa información de ella y de su muerte en el Himalaya, ocurrida cuando Steck se aclimataba para hacer sin oxígeno artificial, en 48 horas, la ascensión al Everest, por la escasamente frecuentada vía oeste o corredor Horbein, y subir después en tiempo récord al Lhotse. Desde su juventud, Ueli, carpintero de profesión, vivió a tope la montaña. Comenzó a disfrutarla a los doce años y la abandonó definitivamente a los cuarenta, dejando tras de sí la estela de un alpinismo elitista y una capacidad para triunfar en un deporte exclusivo de los más grandes y heroicos escaladores.
        Subir solo por la pared norte del Eiger hasta la cima en menos de tres horas; vencer ochenta y dos cumbres alpinas de más de 4.000 metros en un verano; escalar sin más ayuda que la de sus manos y pies por empinadas y resbaladizas paredes de roca, hielo y nieve, son proezas que solamente los más grandes, los primus inter pares del montañismo, pueden lograr. En su última entrevista, publicada en el Tagesanzeiger, Ueli se preguntaba si no sería hora de dejar ya este juego. ¿Presentía tal vez la proximidad del fracaso, o incluso la muerte?
        Descanse, pues, este admirado deportista suizo, en la paz octaviana del monasterio nepalí de Tengboche, a 3.860 m de altitud, rodeado de imponentes montañas y cercano a sus apreciados sherpas. Ueli perdió la vida, pero su personalidad y hazañas perdurarán como huellas imborrables en nuestro recuerdo y en la historia del alpinismo mundial.- JT

El impresionante escenario de la muerte de Ueli. De izquierda a derecha, Everest, Lhotse y Nuptse

martes, 14 de febrero de 2017

Viaje por tierras paradisíacas de Almería y Murcia

      Tras una pausa de varios meses retomo la atención hacia este blog largamente abandonado. Disculpas a mis visitantes y, a todos ellos, feliz 2017. Hoy quisiera comentarles algunos detalles de un viaje que realicé el otoño pasado por tierras del sur de España. Los años y la atonía le llevan a uno a optar por la moderación. Por eso he vuelto a la práctica de actividades físicas tranquilas, pero enriquecedoras de cuerpo y espíritu; actividades que fui abandonando hace mucho tiempo, a medida que aumentaba en mí la atracción por la montaña y la espeleología. Me refiero al buceo sin escafandra, deporte para el que no es imprescindible poseer un sólido sistema locomotor, y al más atractivo dolce far niente del viajar y el buen yantar.
        Los lugares elegidos fueron la costa murciana de Mazarrón y las tierras altas de Almería. Hay ahí ciudades, pueblos y paisajes que siempre me llamaron la atención por su gran contraste con la zona centro y norte de España. La agreste orografía costera de Cartagena es sencillamente cautivadora. Las laderas de sus montes se precipitan sobre el mar dejando apenas espacio para el asentamiento humano. Son una gran muralla entre la costa y el interior de tierra y roca, donde crecen el palmito enano y plantas rastreras como el tomillo. Sobrecoge la belleza de las zonas montuosas y áridas, muy erosionadas, en severo contraste con los valles amplios, auténticos vergeles de exuberante vegetación, en los que proliferan los invernaderos, mares inmensos de plástico en cuyo interior se cultivan frutas y hortalizas para abastecer a medio mundo.
       Mi viaje por esos lugares se ajustó a inmersiones y paseos por La Azohía y Puerto de Mazarrón, y a visitar altas tierras lorquinas y almerienses donde se abren oquedades de gran atractivo espeleológico en montañas que, como las de Sierra María, El Maimón o Las Muelas, ofrecen, además, un escenario espléndido para disfrutar de ascensiones suaves, pero duras, por terreno calizo.
        Dejo aquí, pues, algunas estampas de mis recorridos por el sureste peninsular. Son solo una pequeña muestra de los grandes atractivos que posee la España continental.   


Entre Cartagena y Mazarrón Puerto los montes caen hacia el mar en fuertes pendientes. Apenas dejan espacio para el disfrute de la costa. Pequeñas playas y calas se suceden a lo largo de un litoral dominado por elevaciones que llegan a superar los seiscientos metros, como Peñas Blancas. Es un espectáculo sobrecogedor. Ahí el hombre trabajó duro para extraer mineral de una tierra de gran aridez. En la zona de Mazarrón abundaron las explotaciones de almagre o almazarrón, óxido de hierro rojo, que se emplea en pintura.

Cabo Tiñoso. Erguido sobre el atractivo pueblo de La Azohía, este cabo fue enclave estratégico para la defensa de la costa cartagenera, especialmente en el siglo XVI, cuando eran frecuentes las incursiones de piratas turcos y berberiscos. En su cima (a la izquierda, en la foto) están los restos de Castillitos, una en sus tiempos poderosa fortificación militar. Estuvo equipada con baterías de gran alcance (21 km) desde la dictadura de Primo de Rivera. Por una pista de montaña, sinuosa y estrecha, se puede llegar hasta la misma fortaleza. Y allí, el visitante disfrutará de soberbias vistas panorámicas del mar y la costa. Con cielo despejado y atmósfera limpia, dicen que se ve África.

La Azohía es un pueblo encantador de la costa de Cartagena. Está en pleno golfo de Mazarrón, al pie del Cabo Tiñoso, que no se ve en esta foto. Tiene buenas escuelas de buceo y lugares muy aptos para practicarlo. Las aguas del golfo son calientes y transparentes, invitan al chapuzón y a sumergirse largo rato sin pasar frío. En la zona del cabo hay una cueva submarina con lago interior de agua salada a la que se accede fácilmente si uno domina el buceo. Hay que hacer una inmersión de tres metros y superar luego un sifón de cinco. No es recomendable para personas sin experiencia. En verano, especialmente los fines de semana y festivos, las playas de La Azohía están atestadas de bañistas procedentes de Cartagena y zonas del interior. Es un lugar predilecto de los murcianos y de turistas de todo el mundo, sobre todo británicos y alemanes.

La playa paradisíaca de Mazarrón Puerto. Está en pleno golfo del mismo nombre y sus aguas alcanzan altas temperaturas. Dicen los lugareños que son como las termales, y no les falta razón. En los meses de verano alcanzan 28 grados e incluso más, y en primavera y otoño rara vez bajan de los 23. En la foto, barcos de alquiler para paseos por la costa.

Aguas curativas. Que las aguas del golfo son curativas parece confirmarlo esta foto de la playa de Mazarrón. Tales son sus beneficios para el cuerpo, que el Ayuntamiento instaló hace años ese toldo de la foto con dos hileras de sillones. Son plazas muy solicitadas por los bañistas. Es dado ver con frecuencia a personas de avanzada edad sentadas ahí, con el agua hasta el pecho (no hay mareas), departiendo tranquilamente como si estuviesen de charla en la terraza de un bar.  Los beneficios del salitre, la presión del mar y su alta temperatura invitan a participar en tertulias marinas bajo una cubierta protectora de los rayos solares.

Playa de la Ermita. En el largo paseo marítimo del golfo, entre Mazarrón y Bolnuevo, está la llamada Playa de la Ermita, de aguas mansas y poca profundidad. A la entrada de su pequeña bahía hay un Club Náutico, y frente a la playa varios restaurantes invitan a degustar platos típicos murcianos. Unas grandes rocas ocupan gran parte de este tranquilo arenal, de excelentes condiciones de baño para personas mayores y familias con niños. Y si hay que acudir al culto religioso, pues ahí está el encalado y pequeño templo, donde a diario, cuando el sol declina, en verano y otoño, el párroco dice misa con las puertas abiertas para que puedan seguirla los visitantes de la playa.

Palmera multitronco. En las cercanías de Puerto de Mazarrón, y poco antes del núcleo central de Bolnuevo, está esta hermosa palmera amacollada, en una zona de hierba junto a la carretera. En los alrededores hay buenos bares, cafeterías y casas de comidas. Destaca el restaurante Redes, de amplio comedor y en primera línea de playa, donde sirven sabrosos productos del mar a precios asequibles a cualquier bolsillo. Especialmente apetitosa es la fideuá, bien horneada y repleta de marisco del golfo.

La greda de Bolnuevo. Multimillonarias en fotos, estas formaciones geológicas de caprichosas formas están frente a la playa de Bolnuevo, también en zona del golfo de Mazarrón. La arcilla o greda, apreciada por los alfareros, alcanzó en este lugar perfiles muy curiosos debido a los efectos de los vientos cargados de minúsculas partículas de agua y arena. No hay turista que pase por la zona y no detenga su vehículo para tomar imágenes de tan raras esculturas naturales. Alguien con falta de ingenio dio en llamar a estas rocas “paisaje encantado de Bolnuevo”, rememorando tal vez las de la Ciudad Encantada de Cuenca, con las que apenas tienen similitud.

Paddle surf en aguas mansas. En la tranquila bahía donde está la Playa de la Ermita no es inhabitual ver a deportistas practicando paddle surf cuando apenas hay oleaje. Desde el agua tomé la foto de esta joven surfista, acompañada de su perro. Situado en la proa de la tabla, el chucho, atento a la navegación, parece disfrutar observando la fauna marina.

La gran fortaleza de Mula. Y del mar, al interior.  "Mula, es villa de gran fortaleza et bien cercada, et el castiello della es como alcázar alto et fuerte bien torrado..." (Alfonso X). La histórica ciudad de Mula se extiende al pie de una colina dominada por el castillo medieval del marqués de los Vélez, monumento mal conservado pese a los intentos de los muleños por recuperarlo, ya que es un importante bien patrimonial. Palacios, templos y museos, y la singularidad de sus plazas y calles céntricas, han dado a esta ciudad la categoría de Conjunto Histórico Artístico de carácter nacional en 1981. Si la visita, no deje de acudir al Museo de Arte Ibérico, en cuyo interior se conservan las mejores piezas de la península.

Castillo de Xiquena. Entre Lorca (Murcia) y Vélez Blanco (Almería) están los restos de este castillo del siglo XII. Fue una importante fortificación árabe destinada a controlar, junto con el castillo de Tirieza, la vega del río Corneros, situada entre los sistemas montañosos del Gigante y La Torrecilla. La presencia de agua en la zona dio pie a los musulmanes a establecerse en esa campiña aparentemente árida, ocupada hoy por grandes extensiones de vid, olivo y almendro. El castillo está enclavado en un cerro, a unos 900 m sobre el nivel del mar. Es de mampostería. 

Las Muelas. En la vega del río Corneros se alza este impresionante murallón calizo de dos cimas llamadas las Muelas, la grande y la chica. Desde la lejanía, la montaña recuerda a la Collarada del Pirineo oscense por su cumbre en forma de mesa, aunque los almerienses ven en ella una muela. Tiene fácil acceso, con senda señalizada en algunos tramos y espléndidas vistas panorámicas. 

La Muela Chica. En esta imagen se aprecian bastante bien las cimas de ambas Muelas. La Chica, con su pequeña elevación rocosa, y la Grande, dominada por un farallón calizo, sin pretensiones de gran pared, donde es posible practicar la escalada.

Vélez Blanco. Panorámica de la vega y las Muelas desde el castillo de Vélez Blanco. Impresionante paisaje de un amplio valle salpicado de alquerías y tierras de cultivo. El agua fue una bendición para el asentamiento del hombre en lugar tan aparentemente árido por el aspecto grisáceo de su tierra. La zona estuvo habitada desde la prehistoria. Prospecciones realizadas en las últimas décadas contribuyeron a documentar la existencia de yacimientos eneolíticos.

Sierra María-Los Vélez. Es uno de los parques naturales más hermosos de Andalucía. Sus altitudes van desde los 700 m a los 2.040 m sobre el nivel del mar. Además, es Parque Natural desde 1987. Aquí el turista lo posee todo: pueblos pintorescos, estupenda gastronomía, paisaje, museos, cuevas, senderos de montaña, paredes de escalada... y simpatía a raudales. La simpatía de sus pobladores, siempre alegres, amistosos, felices, amables. Parece estar uno a las puertas del cielo. ¿Qué más se puede pedir? Además, el ciclista tiene largos trayectos señalizados, también los senderistas; hay buenas paredes para escaladores, pero sin olvidar al montañero a secas, que goza en estas sierras calizas de vistas soberbias, con rutas de todas las dificultades. También hay para el turista mucho que contemplar. Por ejemplo, yacimientos arqueológicos en cuevas como la de Los Letreros (en sus paredes está el hombre de Indalo, un cazador con arco prehistórico, símbolo de Almería), la del Gabar, la de Ambrosio, etc., y monumentos arquitectónicos como el Castillo Alcázar de los Fajardo, de Vélez Blanco. La zona bien se merece más de un viaje.

Castillo de los Fajardo. Está en Vélez Blanco. Fue construido sobre una fortaleza árabe en el siglo XVI en tiempos de Pedro Fajardo y Chacón, marqués de Los Vélez. A esta espléndida obra arquitectónica la despojaron de una de sus mayores joyas, el patio renacentista, hoy pieza destacada del Museo Metropolitano de Nueva York. El expolio comenzó en 1904, cuando los entonces propietarios del castillo, los duques de Medina Sidonia, vendieron el precioso patio de mármol a un anticuario francés. Las piezas, desmontadas una a una, fueron trasladadas a París, donde las adquirió un multimillonario norteamericano para colocarlas en su palacete neoyorquino. El personaje decidió a su muerte donar el patio al citado museo. El castillo es impresionante, parece inexpugnable. Sin embargo, está vacío; solo hay estancias y paredes de pura roca. A pesar de todo vale la pena visitarlo y disfrutar de esta obra magna del renacimiento español.

Leana, las aguas milagrosas. El Balneario de Leana está a unos 30 km de Murcia, en el lugar de Fortuna. Es uno de los más antiguos de España. Parece ser que Leana es el nombre de la colina en la que está el manantial de aguas termales, explotado en su tiempo por romanos y árabes. Balneario y dos hoteles, casi nada, en un entorno de lujo. El hotel principal (en la foto) conserva su estilo de finales del siglo XIX, con el interior renovado. Dos curiosidades: el comedor es una réplica del que tenía el trasatlántico Titanic, y los amplios pasillos están decorados con pinturas copiadas de la Capilla Sixtina. Las aguas de Leana lo curan casi todo: dolencias reumáticas, respiratorias, estrés, psoriasis, parkinson... y hasta la ansiedad. ¡Un chollo para la salud!

Faetón parisino. A la entrada del balneario de Leana se exhibe este curioso carruaje, un Faetón corto para tiro por ponis. Procede de París y, según se dice, fue utilizado como trasporte de gente menuda. Es toda una reliquia del mundo de los carros.

Protagonista, el cine. Vista parcial de la amplia cafetería, bar, restaurante y sala de espectáculos del Balneario de Leana. Todo, decoración, objetos, mobiliario, etc., está dedicado al cine clásico, a la historia del que fue espectáculo de calidad y a sus principales protagonistas. Hay un pequeño proyector antiquísimo y otro de una pulgada al fondo con su operador (maniquí). En el mismo salón hay también un escenario para representaciones teatrales. La comida que sirven diariamente es de buena calidad, a precio asequible.