lunes, 12 de marzo de 2012

Estampas de antaño: Ordesa y el Monte Perdido

Guardo muy gratos recuerdos del pueblo serrano de Escarrilla. Su camping fue para mí lugar de solaz y al tiempo campo base de marchas y ascensiones a algunas de las montañas más señeras del pirineo oscense. Cerca están la Foratata, los Infiernos, Argualas, Anayet, Midi d’Ossau, y ya más lejanos el muy alpino Balaitús y otros muchos picos de fácil o dificultosa ascensión, tantas y tantas veces hollados por los amantes de la montaña.  

Antaño Escarrilla era como una insinuación de un Chamonix chiquito, dicho sin ánimo de ofender al francés, pero del Chamonix auténtico, del que fue cuna del alpinismo y meca de montañeros, no del actual, invadido de turistas y tiendas, más parecido al Lourdes comercial que a la añorada villa gala de los años sesenta. Cerca de Escarrilla está el collado de El Portalet, frontera con Francia, paso vigilado en aquel entonces por la Policía Armada y la Guardia Civil. Los agentes tenían su oficina en una vetusta caravana, lo que denotaba el escaso interés del Gobierno de Franco por ese lugar fronterizo poco transitado.

Un lejano verano, cuando disfrutaba en Escarrilla de vacaciones dedicadas al dolce far niente, junto con la familia, cansado del ajetreo profesional y del sube-y-baja de pequeñas y grandes cumbres en puentes y fines de semana, uno de mis hijos me pidió que lo llevara a Ordesa, y a ser posible al Perdido. Deseaba conocer ese valle pirenaico, uno de los más bellos de Europa, por suelos y alturas, pues le había contado yo que el espectáculo desde la cima de ese monte engrandecía cuerpo y espíritu, y la caminata por el valle y sus laderas era todo un placer para la vista y un sano ejercicio para el sistema locomotor. Pero le advertí que, aunque fácil, la subida iba a ser dura: largo el trayecto y bastante pina la ascensión, con el riesgo añadido de que el hielo y la nieve entorpecieran nuestra marcha.

PARAÍSO TERRENAL

En aquellos años Ordesa gozaba todavía de una cierta tranquilidad. Era un paraíso terrenal donde el caminante disfrutaba escuchando el trino celestial de los pájaros (¿será así el sonido de la gloria eterna?) y el berrido grave, como salido de un trombón de varas, del bucardo, interrumpido de cuando en vez por el croajar de cuervos y grajillas o el chillido de la rapaz, que, como el del fagot funerario, acentúa el miedo a la muerte.

Edelweiss, flor de amor y
valentía
Vida, placer y muerte se sienten, pues, o se presienten, en ese espacio entre murallones, lugar de exuberante vegetación. Caminando por la Senda de los Cazadores es dado encontrar una emblemática herbácea, la bien protegida y mejor pagá edelweiss o flor de la nieve, de hojas lanosas, muy pubescente, símbolo de valentía y amor. En zonas de la Suiza alpina (¿acaso hay otra?) esa planta es un preciado talismán del casamiento. Porque, para aceptar al pretendiente en matrimonio, la novia le exige al varón la entrega de una edelweiss, y encontrarla no es tarea sencilla: la flor habita en zonas altas y frías de la montaña a las que es difícil llegar. Había, pues, que echarle valor, o guevos, en decir parlamentario (para algunos atributo más importante que la inteligencia) y estar muy enamorado para aceptar el reto.

La Senda de los Cazadores llega al final del valle, al Circo de Soaso, por un duro camino entre refrescantes hayas centenarias, pinos negros y albares y también abetos, camino flanqueado en su parte superior por hermosas rosadelfas, plantas eriáceas más conocidas por el nombre de rododendros. Es un interminable trayecto de fuerte desnivel. La senda, muy serpenteante, cansa y cansa al andariego, pero remata felizmente en el Mirador de Calcilarruego cuando ya parece que la caminata nunca se acaba. Abajo queda el valle desgastado por la fuerza erosiva del río Arazas, cuyo hontanar está en las proximidades de Góriz. Sus aguas bajan con estruendo por la Cola de Caballo, surcan rumorosas el cauce de piedra y se sosiegan en las Gradas de Soaso, mas no tardan en recobrar brío en las cascadas de la Cueva y el Estrecho. De nuevo siguen en placentero discurrir por la pradera de Ordesa, para tributar finalmente su caudal al río Ara, más allá del Puente de los Navarros.

TOZAL DEL MALLO

Enfrente del mirador se alza imponente el Gallinero (2.243 m) sobre los circos de Salaróns y Cotatuero, con el Casco (cerca está la Brecha de Rolando, con paso a Bujaruelo y Gavarnie) y La Torre en la lejanía, mientras a media altura, pero sobre impresionante precipicio vertical, la Faja de las Flores se ciñe al murallón como muesca marcada por la punta de un gigantesco punzón. Atrás dejamos, en la entrada al valle, sobrevolando la Casa Oliván, una de las montañas más emblemáticas de la Península: el Tozal del Mallo, pico en el que algunos de nuestros mejores escaladores midieron su capacidad técnica en un muy arriesgado y temerario desafío a la roca. 
   
El Tozal, erguido sobre la pradera de Ordesa, cautiva al montañero. Su pared calcárea, vertical, de colores gris y naranja, con 400 metros de caída, hace soñar al experimentado escalador con una ascensión sin par en la Península. Esa cara es más provocativa que la oeste del Picu, y tan atractiva, o quizá más, que la pared del Valle de Leiva, de la subbética Sierra Espuña murciana, donde los hermanos García Gallego, personajes legendarios de la escalada de extrema dificultad, abrieron la primera vía. La abrieron en la Leiva y en otras muchas de dificultad extrema, midiendo su potencialidad escaladora con alpinistas de máximo nivel como Jerónimo López, Pérez de Tudela, Anglada, Lucas, Cantabella y otros cuyos nombres no recuerdo al escribir estas líneas.

¿Quién es capaz de trepar por la sur del Tozal –me pregunté cuando la vi por vez primera hace ya muchos años-, con su fachada laminada, de lisa apariencia y roca quebradiza e inestable, una pizca extraplomada? ¿Quién? Pues ya la han subido, ya, más de una vez y más de uno. Los primeros en completar la ascensión por su vía de máxima dificultad técnica fueron franceses, nada menos que seis, coordinados por los hermanos Ravier, en la primavera de 1957. Luego la pared sería vencida por escaladores españoles.

AL SOL QUE MÁS CALIENTA

Pero volvamos a nuestro camino. Como la Senda de los Cazadores nos conecta con la que sube al refugio de Góriz, por encima de un paso con clavijas, seguimos por ella sobre suelo de roca firme. Allí, ya en zona alta del Circo de Soaso, reflexionamos sobre el estado que tendría ese lugar en el Pleistoceno o Cuaternario, hace por lo menos dos millones de años, cuando el frío intenso dominaba el globo y la nieve formaba glaciares en las zonas de mayor acumulación. En todo el paisaje pervive la huella de la erosión glaciar, sobre todo en este circo, cabecera de una depresión excavada por los efectos del hielo, y en todo el valle en forma de u.

Continuamos nuestra andadura. Pronto llegamos al refugio, donde pernoctamos, y de mañana, después de tomar un ligero desayuno, emprendemos la ascensión. El ambiente del lugar despierta mi curiosidad. Había montañeros, pero también excursionistas bronceándose al sol, una costumbre habitual en muchos refugios y en estaciones de esquí de los Alpes que parece consolidada ya en España. Los visitantes aprovechan la altura para recibir mayores dosis de radiación ultravioleta y adquirir un rápido bronceado.

El Cilindro de Marboré se asemeja
 al tronco de 
un castaño de arrugada corteza
La marcha hacia la cima la iniciamos a paso lento por canchales y terrazas de suelo firme y buena roca. Pronto entramos en un largo y pronunciado nevero, para atravesarlo horizontalmente. Justo en ese momento, cuando caminábamos sin crampones por nieve firme, ayudados por nuestros piolets de mango largo, me cayeron las gafas de sol a una grieta de nieve y hielo de unos cuatro metros de profundidad. Clavé en seguida en la nieve mi piolet hasta el regatón y pasé por él la cuerda. Mi hijo se ofreció a bajar, quiso ver cómo era el nevero por dentro. Se calzó los crampones, y en un santiamén descendió al fondo de aquel agujero de suelo firme por el que corría el agua del deshielo sobre un lecho de arena y cantos rodados. Recuperó las gafas, volvió a la superficie con la ayuda de los crampones y el piolet, firmemente asegurado por mí, y enseguida reemprendimos la marcha. En la mitad del nevero adelantamos a dos espigados ancianos franceses. Caminaban lentamente, sin gran esfuerzo, clavando las puntas de sus piolets en la nieve. Iban encordados y en compañía de un guía local. Era su primera ascensión al Perdido. A nuestro regreso nos cruzaríamos con ellos a mitad de la arista.

TEUTONAS RUBICUNDAS

Tras una larga subida en diagonal por el nevero, alcanzamos por fin la collada donde algunos montañeros, buenos madrugadores, se tomaban un descanso junto al helado lago de Marboré, al pie del Cilindro. Con unos pequeños prismáticos que llevaba conmigo observé el estado de la arista que conduce a la cima. Tenía nieve en algún tramo, pero parecía blanda a juzgar por el ritmo de subida de un par de cordadas que nos precedían. Habíamos previsto seguir por el nevero hasta la cumbre, pero optamos por la arista para no demorar la ascensión. Queríamos estar a las ocho de la tarde de regreso en Escarrilla.
     
Pronto llegamos a la Escupidera, zona de nieve y hielo donde más de uno dejó su vida. Breve parada para contemplar cómo algunos excursionistas se deslizaban nevero abajo hacia el lago helado usando la técnica de piolet-escoba. Bajaban sentados sobre un plástico, con el piolet hincado en la nieve para controlar la velocidad o frenar. Una divertida práctica cuya peligrosidad depende del desnivel del terreno. Terminado el espectáculo, encaramos el último nevero ya a solo unos metros de nuestro objetivo. En el estrecho neverín de acceso a la cima cedimos el paso, como buenos caballeros, a seis jóvenes muniquesas. Bajaban de la cumbre donde, según supimos más tarde, habían permanecido media hora contemplando el paisaje y entonando canciones de los Alpes. Subieron desde Pineta, tras pernoctar en el Parador.

¿Os imagináis el espectáculo? Llegar a aquel cielo pirenaico y ver a unas doncellas de aspecto teutón, faz rubicunda y pelo blondo, vestidas con pantalón bávaro y anorak rojo, pañuelo anudado al cuello y sombrerillo de ala ancha; verlas allí, en aquel lugar más cercano de la gloria que del infierno, interpretando en coro, con sus voces finas, acaso aflautadas, canciones que recuerdan el amor a la montaña, a lo animado y a lo inanimado, a la exuberante naturaleza surgida de la orogénesis alpina que teníamos a nuestros pies… Ver y oír aquello, digo, hubiese colmado la felicidad de nuestra estancia en tan destacada cumbre.

SERACS ASESINOS

En la pequeña plataforma cimera del Perdido sacamos de la mochila mi pesada e incómoda Rolley Tessar 6 por 6 y pedimos a unos compas que compartían cima con nosotros que nos hiciesen una foto con el Cilindro al fondo. Aunque a mí no me gusta que me fotografíen, mi hijo quería conservar un recuerdo de aquella ascensión. Luego, cuando contemplábamos extasiados el hermoso paisaje, me vino a la memoria el accidente ocurrido en los años cincuenta, muy cerca de donde estábamos, del capitán Grávalos y de otro militar de su misma graduación, alcanzados por unos serács o bloques de hielo desprendidos del glaciar. El rescate de sus cuerpos sin vida fue un drama de características similares al ocurrido en 2007 en la sur de la Jungfrau alpina, donde perecieron seis soldados suizos sepultados por un alud de nieve.

De la cima del monte bajamos por la arista, para meternos luego en el ancho nevero y descender por él hasta el lago helado. Rápido descenso a Góriz, paso fugaz por delante del refugio y, por senda bien marcada, llegamos al Circo de Soaso justo frente a la cascada Cola de Caballo. Desde allí, primero por sendero de cabras y después por cómoda pero larga pista forestal regresamos a la pradera de Ordesa, en cuyo aparcamiento estaba nuestro Passat. A las ocho de la tarde nos hallábamos de regreso en Escarrilla, como habíamos previsto.
       
Tengo muchos recuerdos de montañas y cuevas perdidos entre miles de negativos sin clasificar. Encontrar una foto determinada y digitalizarla no es para mí tarea fácil. No obstante, las que he hallado de esta ascensión, una vez escaneadas con un viejo Epson lento y ruidoso, que no admite mayor tamaño de negativo que el de 5 por 5, esas fotos, digo, las reproduzco en este blog para rememorar una marcha que despertó en mi hijo un gran amor por la montaña, y en especial por la naturaleza exuberante y lozana de ese idílico paraje pirenaico.- JT   


 Góriz, refugio solana para mozas y mozos en edad prometedora.

Desde la arista del Perdido, la depresión de Ordesa cobra dimensiones gigantescas.





Un descanso en el camino antes de entrar en el nevero de la cumbre.


                Cilindro y lago de Marboré captados desde La Escupidera.
                                                      
   La cima bien apañada del Perdido. A la derecha, el Cilindro.


Panorama desde la cumbre.

La cámara me pilló desprevenido cuando contemplaba el Añisclo. 


El rumoroso Arazas en las Gradas de Soaso.  
   
 El río, ya en zona de tranquilo discurrir, tributa sus aguas al Ara.