Aprovechando
la lejana estancia de JT, su jefe, la leona Gumersinda (Gume) y la ocelote o
tigrilla Agripina (Pina), guardianas de este blog por designación y deseo de Su
Gracioso Propietario, mantuvieron en su ausencia el siguiente diálogo a media
voz por temor a ser oídas desde tierras del sur:
GUME: ¿Pina, adónde
se ha ido el jefe?
PINA: Me dijo que
quería perderse unos días en El Chorro,
ya sabes cómo es él. Si no tiene un nuevo libro entre manos, se aburre y
desaparece.
GUME: ¡Pues sí que
se ha ido lejos! Ya que estamos solas, tomemos hoy el blog para nosotras! Aunque
mi cultura no abarca mucho, bien me conoces, creo recordar que El Chorro es un parque andino de la lejana
Venezuela. Presiento que nos huye porque le damos demasiado la vara criticando
su prontuario, y está harto. ¿Qué va a hacer allí, con las vértebras quebradas?
¿Va a menear su pata chula, su bastón de madera noble y empuñadura de galgo
inglés para presumir entre los indios? Porque, oye, este a una montaña ya no
sube ni con escaleras mecánicas. Desde que se retorció las vértebras, se ha
hecho un viejo enmohecido y gruñón. ¡No aprende! Hace unos doce años quiso
presumir de maestro, enseñarle a un amigo a bajar a una sima con un Peltz autofrenante
recién salido al mercado, el amigo pasó mal la cuerda por las poleas, y si el
jefe no lo agarra, se hubieran ido los dos al carajo. Y ahora tenemos que
soportarlo nosotras. ¡Venga ya!
PINA: ¡No seas cruel!
Yo también estoy hasta la coronilla de sus broncas, pero en el fondo no es
malo, aunque en la forma lo aparenta. No fue a Venezuela, Gume. Conoces su
carácter. Cuando le entra la nostalgia por algún recuerdo, coge el coche y se
larga al reencuentro del pasado. Hace muchos años, muchos, anduvo por las
montañas de El Chorro. Es un lugar
hermosísimo y espectacular de la Andalucía gaditana, mundialmente conocido, donde
paredes verticales e inmensas, de roca caliza, se precipitan sobre las aguas
del Guadalhorce. Quiso escalar una de ellas, y fracasó. Claro, con las clavijas
de antaño, ¿cómo se iba a asegurar en aquella roca escasa en fisuras? ¡Qué
ingenuidad! ¡A ver si no se ciscó de miedo!
GUME: No creo que
haya llegado a ese sucio extremo, querida. Pero me pregunto por qué se metió a
hacer lo que no podía. Él siempre ha pisado el sapo, sin reparos ni
triquiñuelas; quiero decir que siempre se encaró a lo que le echaron porque no
le amedrentaba el riesgo; estudiaba a fondo el objetivo antes de intentar
alcanzarlo, y no entiendo cómo no previó que esa roca no era para él.
PINA: Bueno, la
atracción de la montaña te empuja muchas veces hacia objetivos inalcanzables.
Crees que los vas a conseguir, pero cuando te enfrentas a ellos y tienes que
recular, te sientes muy decepcionado. El
Chorro era mucha pared para él en aquellos momentos de tan precario material.
Ahora ha ido a su reencuentro, supongo que a subirla con la mente, digo yo, porque
otra cosa no puede hacer. Y ha ido también a disfrutar de pueblos, monumentos,
cultura, historia y gastronomía del legado andalusí.
GUME: Mira, Pina, por
hacer, el jefe ya no hace ni la ruta de la procesionaria, ese voraz gusano que
acaba con nuestros pinares. Ni siquiera podría recorrer los primeros cien
metros de la senda del Salto del Cabrero,
de Grazalema. Más que un montañero es una masa de chatarra orgánica…
PINA: Sí, está
oxidado. Tendremos que recomendárselo al Calleja para que nos lo ponga al día.
¿Has visto en la Cuatro cómo el tío les arrea caña a los mozos y mozas que se
ha llevado al Everest? ¡Es un buen divulgador de la aventura y el riesgo! Pero
lo mejor de sus reportajes son los camarógrafos que le acompañan, dicho sea sin
desmejorar al Calleja. Toman unas fantásticas imágenes de sus aventuras, unas
imágenes de gran calidad, que te hacen disfrutar de la ascensión como si
estuvieses metido en ella. Son los buenos montañeros, anónimos y silenciosos,
de los que apenas se habla. ¡Tigres, que sois unos tigres!
GUME: No te pases en
tus calificativos, Pina; no critiques al Calleja. Es un buen deportista, un
gran amante de la aventura, y un padrazo para esos jóvenes que van con él, aunque
me resulta un poco coñazo con su Jeep. Nos los pasa una y otra vez por delante
de las narices, como si nunca lo hubiéramos visto. ¡Jo, amiga!, ¿te diste
cuenta? Estás viendo a una moza hecha un mar de lágrimas por no poder subir por
el glaciar del Khumbu, y va el Calleja, y, ¡hala!, corta programa y ¡toma Jeep!
¡Como si el cochecito estuviese al alcance de todos! Digo yo que con la crisis,
a ver quién lo compra.
PINA: El Calleja,
querida Gume, ha hecho más por la seguridad en la práctica del montañismo que todos
nuestros gobiernos. Fíjate como es de machacón con sus discípulos, que una y
otra vez les recuerda qué precauciones deben tomar para no sufrir un accidente.
Disciplina, fortaleza física y mental, prudencia y, sobre todo, cabecita e
intuición, es lo que les pide a sus alumnos. La cabecita, el sentido común,
nunca puede faltar. Y la intuición ayuda a presentir la tragedia si
estas al loro de la situación en la que te hallas y estudias cuidadosamente lo
que vas a realizar antes de meterte en faena. Es la hostia, ¡huy, perdona, que se me ha
escapado sin querer! ¡Con lo comedida que soy! Bueno pues te digo que el
Calleja es muy insistente en ese tema, y me parece muy bien.
Como ves –prosigue Pina-, nuestros gobiernos poco o nada hacen por mentalizar
al personal en una cuestión tan importante como es la seguridad. Pasa lo mismo
con el tráfico. Los ministros tienen en sus manos un medio de difusión tan
poderoso como la televisión pública, y no saben o no quieren utilizarlo. ¿No te
parece que un programa que informase sobre medidas y medios de prevención de
accidentes en la montaña y en otros deportes de aventura, practicados cada día en
mayor medida por personas inexpertas, contribuiría a reducir el número de desgracias,
y por consiguiente el gasto de los rescates y el sanitario?
GUME: Claro que sí.
Por cierto, he leído que algunas comunidades estudian la posibilidad de poner
puertas al monte implantando el cobro de tasas a excursionistas y montañeros,
precisamente con la finalidad de financiar los rescates, algunos muy costosos. Es
el colmo. ¡Como si esa fuera la solución! En este país, querida Pina, unas
veces por falta de sentidiño, como
dicen los gallegos, y otras por desidia, se recurre a lo más fácil: a
restringir o a prohibir. O a ponerte
obstáculos, como ocurre con esos resaltos de mierda que hay en calles y
carreteras de todo el país para obligar a los vehículos a reducir la velocidad.
¿Sabes que esas protuberancias del carajo machacan los amortiguadores y las
direcciones de los coches, y también la próstata?
PINA: ¿La
próstata? Bueno, bueno, Gume, no me
vaciles…
GUME:
Sí, Pina, sí, no pongas cara de félida sorprendida, que somos de la misma
familia, cariño: dije la próstata. Un urólogo amigo me comentó que acuden a su
consulta muchos conductores de bus urbano con la glándula reproductora machacada.
¡Cómo no va a haber impotencia en nuestros varones! ¡Luego se quejan de la
escasez de natalidad!
PINA: ¡Qué cosas!
Pues no se me había ocurrido pensar que el golpeteo en las bandas sonoras o
como se llamen llegara a ser pernicioso para ese órgano.
GUME: Pues sí,
cariño, sí. Para la salud y también para el bolsillo, porque el arreglo del
coche cuesta lo suyo. En fin, nena, volvamos al jefe, a su constante vaguear, a
sus interminables escapadas. Es poco serio con sus seguidores, ¿no te parece?
PINA: ¡Y tanto que
lo es! Tiene mucho que aprender de todos ellos. De Vidal, por ejemplo, que tan bien nos explica sus ascensiones en
montañas palentinas y en otras del país, sus marchas con esquís y en mountain bike, sus ratos de ocio en
playas catedralicias o en la costa
del Cantábrico santanderino. Ese sí que es un bloguero de pies a cabeza, trabajador
muy activo, no un vago como nuestro jefe, que para que meta una entrada en su
prontuario deja pasar semanas y semanas.
GUME: ¡Chis…! Habla
bajo, caray, que sus oídos están en todas partes.

GUME:
¡Joder, Pina!, que ya me salen tacos. Como te oiga el jefe, te vas a acordar de
todos los santos de la corte celestial.
PINA: Los ángeles,
Gume, no los santos. Sé correcta en tus expresiones y no me interrumpas porque
ya te digo que si el jefe disfruta con los blogueros que he citado, lo hace
también siguiendo día a día las ascensiones de Amazastur por las altas cimas de nuestras cordilleras, o las de Pájaro Loco, por montañas de todo el
globo, o las de Chesco, buen
conocedor de los Pirineos y sus ibones, al igual que Luis, otro gran enamorado de su cordillera franco-ibérica. Turbina, bloguero trabajador, conoce
mejor que nadie la sierra de Gredos y sus alturas, de la que parece ser guía y
señor. Él es, como el jefe, un defensor de la justicia social, un paladín de la
solidaridad humana. En Xulián se
plasma un buen ejemplo de compromiso con la lengua madre, el Facilitador desarrolla con buena
capacidad didáctica temas de hostelería y turismo, Marco recrea magistralmente la realidad con sus pinceles, y el
gallego Pabloskim, que ya pisó
montañas lejanas, traza muy bien con su pluma las vías del roquedal.
Pero aún hay más -continua la ocelote-, porque
si el jefe disfruta leyendo esos blogs o cuadernos de bitácora, no menos
deleite le produce la lectura de las andanzas de los dos montañeros de Al filo de la navaja de Taramundi,
precioso pueblo del oeste asturiano, fabricante esmerado de ese utensilio
doméstico que puede medirse sin recato con el albaceteño. Y disfruta y se
deleita con otros muchos blogs de montaña y aventura, muy en especial con los
que tratan de temas de espeleología, otra de sus aficiones. Lo veo con
frecuencia enfrascado en la lectura de la Torca
del Río Perdido, cuyo autor, Miguel Ángel, espeleólogo de raza y
aventurero, hace de este deporte su religión. En fin, que el jefe se lo pasa
bomba viendo fotos y leyendo los textos de todas esas ascensiones y aventuras
que él dejó de realizar cuando el destino le impuso una tercera pata, su patachula como él le llama, de ébano y
muy ligera, con resaltes de caoba y empuñadura antropomorfa de falso nácar,
pero no trabaja como los demás, sigue siendo un vago en el contenido de su blog.
GUME: ¡Cállate, Pina, cariño! Creo haber
oído un ruido en la puerta. ¡A ver si el jefe ya ha regresado del sur sin anunciarnos
su vuelta! Vámonos, vámonos, que como nos pille criticándole, nos va a
reprender. Pega este post en el
prontuario y desaparezcamos raudas por los entresijos de la red. La Rana se
encargará de transcribir nuestra conversación al lenguaje de la raza humana. Blogueros,
preparaos, que os va a soltar otro rollo. ¡Paciencia y adiós, amigos!
Minutos después apareció JT. Venía radiante de su
viaje por tierras de Andalucía. Traía una tarjeta SD con fotos de pueblos,
sierras y montañas del sur, y un par de garrafas de aceite de oliva de primera
prensada, el de mejor calidad, adquirido en el molino El Vínculo, de Zahara de la Sierra. Se fue a la
cocina, paso a paso, al compás del toc, toc del bastón, echó un poco de aceite
en un vaso, lo bebió lentamente, con deleite, como si fuese el néctar de la
eterna juventud, y seguidamente se metió en su despacho. Tras cerrar la puerta,
tiró de la cama nido oculta en un armario hacia fuera, se quitó la ropa y se
echó a dormir. Gume y Pina estaban ya a buen recaudo, lejos de la presencia de
su jefe.
(Por la transcripción: La Rana que Fuma)