Cada día que pasa es mayor mi preocupación por el futuro de España. Se discute, se aprueban leyes anticonstitucionales y, además, hay constantemente enfrentamientos orales repletos de insultos, palabras gruesas y frases groseras y soeces. Las últimas las lanzó una ministra de poco peso y de aparente escasa capacidad intelectual. Que en la sede de un parlamento, en plena sesión, esa señora aliente a su jefe a enviar a la mierda al líder principal de la oposición, denota el nivel al que España ha llegado con este gobierno. Días antes, un compañero de esa parlamentaria elogió a Pedro Sánchez calificándolo de puto amo. Fue el ministro de Transportes, señor Puente.
La palabra puto o puta hay quien la usa en expresiones generalmente denigrantes, aunque en el caso del señor ministro tuvo un significado diferente, es decir, trató de elogiar con ese calificativo a su jefe y señor. Pero quienes conocemos la lengua del país, la segunda más hablada en el mundo, después del inglés, damos un sentido negativo a su uso. Por ejemplo, cuando decimos que no tenemos un puto duro, o que tuvimos puta suerte. O bien cuando a uno lo han despedido de su trabajo y hay quien dice que lo echaron a la puta calle.
Pero si esa expresión del ministro ensució el nivel de civismo que uno espera de tan alto cargo, peor aún ha sido la frase de Yolanda, la vicepresidenta segunda del señor Sánchez, cuando aconsejó a su jefe, en sesión parlamentaria, que envíe a la mierda a Feijoo, líder del PP. Oír de nuevo, en este caso a una ministra, emitir una frase tan soez, denota el bajo nivel de nuestros gobernantes. En mi opinión, un político, hombre o mujer, que demuestre poseer estilo y personalidad para ejercer el cargo, debe poseer al menos un comportamiento similar o igual al de un buen diplomático. ¿Alguien elogiaría a un embajador, por ejemplo, que envíe a la mierda públicamente a una persona de la que no desea aceptar sus propuestas?
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