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Churchill, Truman y Stalin. La URSS rechazó la ayuda de EE. UU por imperialista |
En la sesión del Congreso de
los Diputados, dedicada
a la
aprobación de la sexta
prórroga del Estado de Alarma por coronavirus, el presidente Sánchez
mostró su frágil y controvertida forma de pensar y actuar. Seguí
su intervención por TV de principio a fin y quedé pasmado al
escuchar lo que decía. Habló,
entre otras cosas, del Plan
Marshall, del odio
entre españoles, de la bandera
de España, de la destitución del coronel
De los Cobos y del coronavirus
con un grito que en boca de todo un presidente de un país sonó a
expresión de pijo enfadado, a
muletilla chulesca y provocativa.
¡Viva el 8M!, dijo
en ridículo gesto
sobre la manifestación en defensa de la mujer que
fue foco infeccioso del maldito bicho.
Sobrevaloré
a este político cuando apareció de lleno en la esfera pública para
hacerse con el PSOE. Me parecía un personaje interesante, de talante
abierto, sencillo y discreto. Esta
imagen la reforcé cuando, guiado por el aventurero Jesús Calleja,
ascendió a la cima del Peñón de Ifach en escalada nada fácil, y
en otra ocasión bajó
por cuerda con el mismo
acompañante desde lo alto de un aerogenerador. Parecía
tener cualidades para llegar a la cumbre de la política: audacia,
serenidad, aplomo y, sobre todo, perseverancia. Pero
con el paso del tiempo, su forma de hacer política a base de hoy
digo esto y mañana lo contrario me llevó a una conclusión: Sánchez
es un todoterreno de la política, pero carece de seriedad, estilo,
nobleza y sentido del
ridículo. Tenía que haberse cocido unos años antes de optar a
presidir la nación española,
tenía que ejercitar el
sentido común para no llegar a convertirse en un personaje
grotesco.
Odio
y Plan Marshall
El presidente se refirió en
el Congreso al Plan
Marshall de
reconstrucción de Europa tras la II Guerra Mundial.
Afirmó que España no se había beneficiado de las ayudas de los
Estados Unidos por el carácter fascista de su régimen. Sí,
pero no lo dijo todo.
Largó la acusación y siguió, cuando
en realidad fue Franco,
no el deseo de los norteamericanos, quien rechazó los beneficios
económicos que le ofrecían. Y, ¡qué
casualidad!, la actitud del caudillo español coincidió con la de la
Unión Soviética, a la que también le ofrecieron acogerse al Plan
Marshall
para recomponer su dañada economía. La URSS
consideró la ayuda como un gesto imperialista de los EE.UU. No
es bueno, no,
confundir con medias verdades a nuestros jóvenes.
En cuanto al odio,
que atribuye a
los demás, no a su partido, hay que recordar que quien han iniciado
la confrontación ha sido la izquierda. Fue
un socialista,
Rodríguez Zapatero, el
impulsor de la Ley de Memoria Histórica en
2007, valiosa en su
verdadero sentido, el de la recuperación de los restos de personas
fallecidas en la Guerra Civil y la postguerra, para darles sepultura
digna, pero infame
cuando se interpreta
como lanzadera de odio
y revancha por quienes perdieron la contienda. Y el señor Sánchez
avivó esa deleznable tensión entre españoles removiendo los restos
de un dictador del que
solo se acordaban reducidos sectores de la sociedad española.
La
bandera y el coronel
Otra expresión sorprendente:
Sánchez recriminó desde la tribuna del Congreso a quienes estos
días portan la bandera
de España en manifestaciones callejeras contra el Gobierno. ¡Caray!
¿Dónde estaba nuestro presidente cuando un payaso de La Sexta se
limpió los mocos con la bandera de España? ¿Dónde estaba cuando
separatistas catalanes y vascos la quemaron en la vía pública? ¿No
ve, no se entera o no quiere enterarse del uso indebido o de la
desaparición de la
bandera en edificios públicos de Cataluña y Euskadi? ¿Por qué
permite que se incumpla la Ley de Banderas y Símbolos, cuando debía
de ser el primero en solicitar de la fiscalía que actúe contra los
transgresores?
La destitución del coronel
Pérez de los Cobos
clama al cielo. Pero
que sea el presidente del Gobierno quien defienda
al señor Marlaska es
aún más grave, cuando la causa conocida de esa destitución fue la
de obligar al mando de la Guardia Civil a incumplir la ley. Y un
apunte final: ¡Viva el 8M!,
gritó Sánchez desde la tribuna parlamentaria, en claro desafío a
quienes sostienen que
esa marcha feminista fue foco de contagio del coronavirus. Pues con
todo respeto debo decirle a nuestro primer ministro que esa expresión
de apoyo a la
manifestación es una simpleza que no encaja, en absoluto, en el
lenguaje de quien ostenta tan alto y respetuoso cargo. Un consejo:
descargue asesores,
revise a fondo lo que
le escriben sus negros
o negras.
Seguro que le irá
mejor.- JT