domingo, 8 de enero de 2012

Por tierras de la Gran Llanura: la Selva del Spree

El río Spree es el becerro de oro de los berlineses, el dios protector de la reunificada capital alemana que proporciona sustanciosos beneficios a la economía de la ciudad. Su agua goza de una sacratísima condición: es recuerdo y a la vez reliquia de una metrópoli de enormes dimensiones, con una no menos enorme oferta museística, cultural y lúdica. Por eso se vende embotellada en pequeñas porciones a los turistas. ¡Sobrevivió nada menos que a dos grandes guerras!

Hace años, en el Berlín dividido, el agua del Spree ocupaba un segundo lugar, tal vez porque llegaba contaminada de la parte soviética a occidente. Entonces era el aire, el Berliner Luft, el souvenir más reclamado por los turistas que visitaban los sectores aliados. Compraban esa esencia etérea en pequeños frascos, junto con el himno que ensalza las excelencias de su pureza: Das ist die Berliner Lutf, Luft, Luft… Todo un símbolo de una metrópoli aislada por tierra y cercada por un muro de ladrillo y campos minados. Mas con la reunificación, el aire berlinés perdió su atractivo, se evaporó del ámbito comercial y dejó paso al agua del Spree, río turístico por excelencia de la gigantesca red fluvial de tránsito de personas y mercancías de la capital alemana y de su vecina región, Brandemburgo, la de los mil lagos.

Para disfrutar sin ruidos ni agobios de este río, en la paz de una naturaleza salvaje pero bien protegida, hay que trasladarse a la llamada Selva del Spree (Spreewald). Allá me fui este verano, en repetida visita, para rememorar pueblos, paisajes y buenas mesas. En Lübbenau, ciudad acogedora y turística, situada en el corazón de ese territorio, encuentra el visitante una interesante oferta de actividades de aire libre. También en Schlepzig y en Lübben. Hay cientos de quilómetros de caminos y pistas para recorrer en bicicleta, sendas interminables para buenos y malos andadores, cursos fluviales para los amantes de la navegación deportiva y, cómo no, embarcaciones movidas por barqueros con pértiga que llevan a los turistas por el cauce del Spree a través de esa civilizada selva europea. 

Pedalear quilómetros y quilómetros por caminos llanos es un placer reservado a quienes todavía tienen músculo y fuelle. Y no menos placer proporciona la navegación en canoa, o si se prefiere en embarcación de recreo movida con pértiga, sin ruidos ni humos, porque para los habitantes de esos lugares el ruido es blasfemia y la contaminación pecado mortal aunque, como en toda regla, haya excepciones. 

La Selva del Spree está en la Lusacia (Lausitz), al sureste de Brandemburgo, en territorio de campiña pantanosa. La pueblan los sorbios, de habla alemana, un pueblo bilingüe que conserva vivo el idioma de sus antepasados, el sorabo. Posee numerosos vestigios históricos y artísticos; goza, pues, de grandes atractivos.

El anchuroso llano de la Europa central me ha atraído siempre por su contraste con la montaña. Y lo digo porque, cuando hay que entrar en pausa para darse un respiro, meterse en esos lugares a disfrutar de sus posibilidades turístico-deportivas es una alternativa saludable: se fortalece el cuerpo, se satisface el paladar, y se despeja de la mente la tensión que produce el montañismo de dificultad y el ajetreo de la vida diaria.- JT


En el muelle fluvial de Lübbenau el barquero mueve suavemente la pértiga llevando a un grupo de turistas por las aguas del Spree. No hay prisas ni ruidos. En todo el recorrido solo se oye la voz del guía-barquero informando sobre el río y la historia de los ribereños.


Una calle de Lübbenau. La flor siempre está presente en ventanas y balcones. Hay coches, pero apenas se oyen ruidos. Es una calma reconfortante.


Lübbenau: ¿Qué hay ahí dentro, cerveza o vino? Ninguna de las dos cosas. El barril se aprovechó para uso del kiosco al que está adosado. Las bicicletas están siempre presentes en la llanura. 


Lübbenau. Ingeniosa fuente de la plaza principal. El artista representó en figuras de metal personajes del cuento y la leyenda.


Lübbenau: Los perros tienen su plaza de aparcamiento. Junto a la puerta de una tienda, el cliente deja segura a su mascota mientras hace la compra. El cartel de parking identifica claramente la función del mosquetón que tiene colgado. Toda una muestra de civismo.  


Schlepzig. Esta pequeña compuerta regula el paso del agua del río a zonas adyacentes.


Schlepzig. La piragua pasa junto a la embarcación turística delante de un embarcadero. Hay una paz octaviana en el ambiente de estos lugares. La barca con motor es una excepción de la regla de silencio.


Lübbenau: El hombre ha construido paseos de madera sobre el agua en las zonas de la selva por las que discurren caminos y sendas de pequeño y gran recorrido.


Lübbenau. Decenas de embarcaciones permanecen varadas a la espera de turistas.


Schlepzig. Un grupo de palistas hace cola para entrar en la esclusa que los situará en el nivel superior del río.


Schlepzig. Original macetero. Terminada su vida útil, esta canoa ejerce una función decorativa.


Lübbenau. En esta zona del río el motor es una agresión al ambiente. La embarcación se mueve impulsada por la pértiga que diestramente maneja el barquero.   


Schlepzig. Una moto espectacular, con gancho para remolque y robustas ruedas tractoras. ¿Diseño propio?     


Schlepzig. Restaurante situado en las proximidades del embarcadero. La tranquilidad preside el ambiente natural del lugar en el que no faltan árboles y plantas. Para complacer al paladar, el arenque en salsa de nata, las Bratkartoffeln con ensalada, o alguno de los deliciosos embutidos típicos del país, bien regados con cerveza de barril, son platos recomendables y baratos. 

Aún quedan en uso algunas de las sirenas de la II Guerra Mundial que alertaban sobre la proximidad de los bombardeos aéreos. Hoy las utilizan los bomberos voluntarios como señal de llamada a sus miembros cuando hay emergencias.


¿Guerra? No, no. Es paz, pura paz rotunda. El viajero se encuentra a veces en Alemania con monumentos como este. La inquietante silueta del tanque ruso es hoy un mero símbolo de lo que nunca jamás debe volver a ocurrir.  


Los alemanes no olvidan a sus muertos. Cada pueblo los recuerda en lápidas u obeliscos situados en lugares céntricos, como este de Schlepzig. En la leyenda de la parte superior figuran unas frases enaltecedoras. Se refieren a los vecinos del lugar caídos en la I Guerra Mundial. Aunque los restos de estos héroes se hayan descompuesto, la llama de sus heroicas hazañas los hace inmortales, viene a decir la leyenda. Debajo, los nombres de los muertos.


Lübbenau. Está bien claro en la señal a quiénes afecta la prohibición. Por si los dueños de los canes la ignoran, ahí tienen un preciso recordatorio.


Las tranquilas aguas del río son utilizadas por los amantes del remo. Seguir el curso del Spree por el cauce de la selva es una buena manera de hacer deporte disfrutando de un entorno paradisíaco.


Brandemburgo es tierra de lagos. Hay miles. Este pequeño de Schlepzig comparte vecindad con el Spree. Lo circunda un camino para andadores, ciclistas y jinetes conectado con un GR centenario en quilómetros


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Los sorbios tuvieron problemas con Hitler. El criminal dictador no permitió el uso ni la difusión del sorabio. Es bueno que en la actual Alemania se respeten los valores propios de cada pueblo, como es el caso de las lenguas. La selva esa parece muy chula. Tendre que visitarla para disfrutar de sus encantos. Pedalear por el llano, menudo placer!!!.
José Luis

Anónimo dijo...

La moto de la fotografía podría ser una Trike Rewaco, pero por su acabado creo que está manipulada o como dices es de fabricación propia. Estas motos están de moda desde hace algunos años en Europa aunque en España no se ven muchas, supongo qur debido a su precio. Son una chulada para viajar en verano y fardar. LUCIANO