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lunes, 24 de julio de 2017

Cambio climático: ¿Nos autodestruimos?

Contamina, que nada queda (Foto Jomi Dadppas)
La retirada de Estados Unidos del Acuerdo de París, suscrito por 195 países en diciembre de 2015, podría debilitar en gran medida la lucha contra el cambio climático. El deterioro ambiental en proporciones alarmantes no es una cuestión de hoy día, como algunos puedan pensar. Ya en los siglos XVIII y XIX había contaminación en lugares de grandes concentraciones humanas. Las aguas de París, por citar un ejemplo, en tiempos de Luis XIV, estaban sucias, contaminadas, pero era un problema muy localizado dentro de un área de elevado índice de población. Sin embargo, con la expansión industrial y urbana del siglo XIX se registró un aumento muy considerable en el deterioro de la biosfera, y ese deterioro ha seguido creciendo hasta alcanzar en la actualidad niveles alarmantes tanto por su intensidad como por su extensión geográfica.

Antaño, las zonas contaminadas eran muy reducidas con relación al conjunto del planeta. Hoy tienden a cubrirlo todo, a propagarse por doquier. No sólo las emisiones y los residuos industriales son una amenaza contra la pureza y la integridad del medio. Hay también otra fuente de contaminación a gran escala que es consecuencia de la actividad humana. Son los desechos de la vida diaria. La población mundial se aproxima a los 7.000 millones de habitantes y genera masas ingentes de residuos. Además, el auge imparable del uso de vehículos de motor lleva emparejada una progresiva emisión a la atmósfera de los llamados gases de efecto invernadero.

¿Amenaza o fata morgana?
El panorama no puede ser más sombrío: residuos contaminantes, gases que influyen en el aumento de la temperatura media global, vertidos industriales en ríos, lagos y mares… Y para mayor desesperación, el hombre sigue devastando grandes extensiones de bosques, cuando sabe que el árbol contribuye a regular la presencia del dióxido de carbono en el aire. Así se comprende que expertos de todo el mundo consideren la degradación de la biosfera como un fenómeno esencial de nuestro tiempo.

Pero cabe preguntarse si la acción del hombre es una verdadera amenaza para la vida en la Tierra, y sobre todo en qué medida somos responsables de su degradación. Aunque los criterios de la comunidad científica sobre estas cuestiones son divergentes, hay que señalar que la mayoría de los expertos responsabilizan al hombre como causante de los cambios bruscos del clima y de la desaparición de especies, debido, en gran parte, a la emisión de gases del efecto invernadero. Este efecto lo produce la retención del calor en zonas de la atmósfera próximas a la corteza terrestre. Y se debe sobre todo a la presencia en el aire de una capa de óxidos de carbono y nitrosos, entre otros, procedentes de las combustiones industriales, principalmente del petróleo, el carbón y el gas natural.

Marc: Nos autodestruimos
Así las cosas, la situación actual ha llevado a algunos científicos, como es el caso del francés Philippe Saint Marc, a manifestar que la humanidad se está autodestruyendo. Es esta ciertamente una sentencia apocalíptica que no debemos desoír porque queda aún mucho camino por recorrer en materia de conservación de la biodiversidad, sinónimo de abundancia de especies, aunque en un sentido más amplio puede aplicarse a la variabilidad que encierran otros niveles de organización como genes, poblaciones, comunidades, ecosistemas y paisajes.


                            Nuestro entorno se desertiza (EFE)
 
Hemos vivido durante siglos y siglos con la idea de que la naturaleza es un bien gratuito e inagotable, pero las circunstancias y el tiempo nos han demostrado lo contrario. El hombre del siglo XIX pensaba más en las relaciones humanas que en su vínculo con la naturaleza. Por eso, las filosofías liberales y marxistas de la época sólo se preocupaban del nivel de vida, pero no de la calidad de vida.

Así las cosas, la alarma por la degradación de la biosfera ha ido creciendo a medida que sus consecuencias amenazaban aspectos esenciales de la vida humana tales como la salud y el clima. Los pronósticos sobre la subida de la temperatura media del planeta, el progresivo deshielo de los casquetes polares, y los cambios bruscos en climas regionales y globales están creando un ambiente generalizado de inquietud en el mundo sobre el futuro de la Tierra. A pesar de ello, ningún científico ha demostrado de manera fehaciente, con datos incuestionables y evidencias, que estemos contribuyendo a nuestro propio exterminio.

Frente a la catastrófica sentencia de Marc, de que la humanidad se autodestruye, otros expertos menos pesimistas sostienen que la temperatura del planeta no aumenta de forma alarmante como consecuencia de las emisiones de dióxido de carbono o CO2 y de otros gases de efecto invernadero. Es más, esos científicos creen que un ligero incremento de la temperatura media sería básicamente positivo.

Capella: Los datos no evidencian el efecto
El astrofísico Francisco Capella, especialista en temas medioambientales, rebate las hipótesis más difundidas del calentamiento global y de la subida del nivel del mar a causa de la actividad humana. En su opinión, el mar lleva varios siglos ascendiendo levemente, tal vez por movimientos tectónicos, pero no debido al cambio en el clima ni tampoco por la acción del hombre. Para Capella la influencia antropogénica en ese cambio y sus consecuencias en el calentamiento no se conocen bien, pero tampoco parecen conducir a una catástrofe. Además, no se sabe cuál es el nivel peligroso de los gases de efecto invernadero y, por lo tanto -apunta este astrofísico-, estabilizar o reducir un nivel sería arbitrario, no tendría base científica.

Por otra parte, sobre el efecto del CO2 en la variación del clima, Capella afirma que los datos históricos de miles de años obtenidos en el hielo de la Antártida no muestran evidencias de ese efecto. Pero admite que las concentraciones de este y otros gases del efecto invernadero han aumentado un 30% en los últimos 150 años, aunque sin ningún calentamiento global asociado. Este científico refuerza su teoría diciendo que los datos atmosféricos de las últimas décadas no dan ningún incremento en la temperatura media de la Tierra sino más bien un leve enfriamiento.

Duffi: La culpa es del agua
De manera similar a Capella opina el profesor de Ingeniería Química de la Universidad neozelandesa de Auckland, Geofrey Duffi. Este experto rechaza los mitos de la responsabilidad del hombre en el calentamiento global. Asegura rotundamente que no existe ninguna prueba clara de que el CO2 produzca ese calentamiento. Culpa al Sol de las oscilaciones de temperatura registradas a lo largo de la historia, y atribuye a la acción humana la emisión de un mínimo porcentaje de dióxido de carbono.

Para Duffi, el agua es el factor principal del efecto invernadero, pues el CO2, el metano, los óxidos nitrosos, etc., apenas representan, tanto en cantidad como en efecto, una mínima influencia comparada con la que ejerce en este ámbito el vapor de agua. Y respalda su teoría afirmando que la tendencia hacia el calentamiento del planeta terminó en 2001, según los resultados de mediciones atmosféricas realizadas por expertos.

Lovelock: El hombre también es culpable
Sin embargo, un ambientalista de fama mundial, el británico James Lovelock, bioquímico y doctor en medicina, a quien se considera el padre de la ecología moderna, defiende teorías muy contrarias a las de Capella y Duffi. Este experto recibió en 2009 el Premio Fonseca de la Universidad de Santiago de Compostela por su labor en el campo de la divulgación científica. Inventó el detector de electrones y fue el creador de la Teoría de Gaia (la Tierra) con la que trata de demostrar que nuestro planeta se comporta como un organismo vivo y capaz de autorregularse. No obstante, Lovelock duda de que nos quede mucho tiempo para encontrar respuestas y poder salvarlo. Culpa en parte al hombre del calentamiento global, a causa de la contaminación, y apunta que hacia el final del siglo es probable que el aumento de la temperatura haya transformado la mayor parte del planeta en un desierto. Son tremendas sus apreciaciones porque, según él, ya no podemos frenar el calentamiento de la Tierra debido a que el CO2 acumulado en la atmósfera tardará al menos un siglo en desaparecer. Pero sí podemos reducir sus efectos, y esto es lo importante, frenando o ralentizando las emisiones.

Proteger y conservar lo heredado
Al margen de lo que opine el señor Trump, y de la disparidad de opiniones entre científicos sobre el calentamiento global y el futuro del planeta, no cabe duda de que todos, en la medida de lo posible, debemos preocuparnos por la integridad y la pureza de nuestro entorno. Esto es lo más importante. Con cualquier paso que demos, con cualquier acción que llevemos a cabo, individual o colectiva, para proteger y conservar la biosfera, es decir, nuestro escenario vital, estaremos contribuyendo al fracaso de unos pronósticos apocalípticos que, de cumplirse, significarían el fin de la humanidad. Porque, si el cambio climático obedeciese a alteraciones del astro Sol, como opinan algunos investigadores, nada podríamos hacer por evitarlo. Revisen la historia y comprobarán que a finales del siglo XVIII la erupción de un volcán de Islandia produjo un cambio de clima aterrador en Europa. Causó graves sequías, arruinó cosechas y mató de hambre a mucha gente. Y no fue el hombre el causante de esa gravísima alteración climática, sino la lava y las cenizas expulsadas por un volcán.

En una escala de protección está en primer lugar el hombre, su bienestar, qué duda cabe, pero en estrecha relación con él hay un conjunto imprescindible de elementos a preservar formado por la fauna, la flora y los ecosistemas. Y si me apuran, pues le añadiría el paisaje. Creo que sólo así, con la acción protectora de administradores y administrados sobre nuestro medio ambiente natural. podremos dejar en herencia un territorio habitable. Y sino mejor, al menos tan íntegro y hermoso como el que recibimos de nuestros antepasados. Poco más podremos hacer. Porque, como dije antes, tapar la boca a los volcanes, o frenar las radiaciones solares, no está a nuestro alcance. Preocupémonos, pues, de mantener limpia y habitable la superficie de la Tierra y el aire que respiramos, que ya es bastante.- JT

lunes, 26 de octubre de 2009

A vueltas con una teoría de visos apocalípticos

Estimado Anónimo: vaya por delante que Lovelock es uno de mis más admirados divulgadores científicos, y que en ningún caso desearía dañar su prestigio. Ha sido y es un luchador en favor de la ecología y del bienestar del hombre. Pero cuando habla a los medios de comunicación incurre a veces en contradicciones que dejan a sus seguidores confusos y un tanto perplejos. No sé si su sentido del humor, que lo tiene, influye en ese juego de palabras que unas veces son claras como agua pura de manantial serrano, pero otras tan difusas que confunden: uno no llega a saber si Lovelock está hablando en serio, o si le toma el pelo a quienes le entrevistan o al mismo lector.
      El pasado día seis de octubre, el diario de A Coruña La Voz de Galicia difundió una entrevista con este ilustre divulgador bajo el título de “Lovelock: El hombre no es culpable del cambio climático”. Y en el texto dice a la persona que le hace las preguntas: “El hombre no es culpable del cambio climático. El que ha disparado esa pistola no sabía que estaba cargada. Nadie le puede acusar, no podemos acusarlo de estar matando a Gaia. Estamos a tiempo de parar la bala, pero no sabemos exactamente cómo”.

AUMENTO DE LAS RADIACIONES SOLARES
      En otra parte del texto Lovelock le da al planeta todavía unos quinientos millones de años de vida. A la Tierra, no al hombre. Y afirma que entonces no habrá humanos porque las radiaciones solares van en aumento y no podrán soportarlas, lo que para nuestro ilustre divulgador “es algo natural”, porque “desde el inicio del Sol este ha ido aumentando su radiación y se ha ido haciendo una estrella mayor, con un incremento de la temperatura acelerado”.
      Así pues, si la bala que disparó el hombre no sabemos aún cómo pararla, y si las radiaciones solares están creciendo desde que se inició el Sol, ¿qué alternativa nos queda para frenar nuestra destrucción?  ¿Liquidar todo el progreso alcanzado y volver al Medievo? ¿Frenar al Sol en su calentamiento? ¿Desechar las energías alternativas porque, según Lovelock, también contaminan aunque en menor medida que los clorofluoruros –CFC-? ¿Instalar por doquier plantas de energía nuclear? ¿Inventar un pesticida que no sea tóxico para el hombre, para no morir ni de hambre ni envenenado?
      No sé si nos estamos volviendo locos, o si las teorías sobre la Tierra corren a la par que las de arqueólogos e historiadores sobre la aparición del hombre en el planeta, siempre nuevas y alterables, pero mucho intuyo que hay más oportunismo que certeza, más doctrina que objetividad en temas medioambientales. Basta con ver a esos opulentos políticos en las cumbres sobre el clima: llegan a ellas en potentes aeronaves contaminadoras, emplean teléfonos contaminadores, exhalan el humo tóxico de sus cigarros, circulan en coches de gran potencia y alta contaminación atmosférica, se acicalan con sprays cargados de los malditos CFC, disfrutan del placer del aire acondicionado, otro emisor de los CFC ; llevan consigo bolsas y objetos derivados del petróleo; sufragan guerras que dejan muerte y contaminación tras de sí… ¿Y son ellos, precisamente ellos, quienes pretenden frenar la destrucción del hombre?

¿CÓMO SALVAR A GAIA?   
       Mi dilecto bloguero, vuelvo de nuevo a mi mundo de fantasía, con o sin Lovelock; vuelvo a mis  cañitas y a mi diario quehacer, procurando, eso sí, contaminar lo menos posible; fuera humos, fuera plásticos, fuera sprays… pero poco más puedo hacer para salvar a Gaia, porque cerrar minas de carbón, o fábricas de coches, o aeropuertos, o estaciones de ferrocarril, o embalses, o pozos de petróleo, o centrales térmicas, o gobiernos enteros por inútiles e ineficaces… no está a mi alcance. Tampoco puedo afianzar las inestables placas continentales ni taparle la boca  a los volcanes. Además, si sigo a Lovelock, debo pensar que ya es tarde para frenar nuestro avance hacia el apocalipsis. ¡Lástima!, porque, con lo hermosas que son las flores, el sol, el viento, la lluvia, los amaneceres y los atardeceres, los árboles… toda la naturaleza, en suma, da pena perderla.
      En fin, Anónimo, gracias por su matización. Debo confesarle que ese “místico chiflado”, como le llamaron los científicos a Lovelock, me cae fenomenal. Por eso he intentado elaborar en mi prontuario un humilde discurso de conclusiones al menos tan irónicas -pero no tan audaces ni tan garantizadas- como las de ese ilustre personaje sobre la evolución del planeta Tierra y la intervención del hombre en su propia destrucción. Hay que seguir viviendo al sol que más calienta, aunque a la larga acabe abrasándonos.- JT  

P.D.- En el tercer comentario de la entrada "Malos augurios para un planeta en vuelo sin retorno" encontrará el lector la misiva que me envió Anónimo, hecho que agradezco.