Caminante, no hay camino, se hace
camino al andar, dijo Machado en una de sus más excelsas poesías.
Aquí sí hay camino, en el Macizo Central de Picos de Europa,
también llamado de los Urrieles.
Se abre ancho, carretil, flanqueado de rocas y herbáceas y se
extingue pronto, en La Vueltona, donde toma el relevo una senda breve
y dificultosa; senda de rebecos y cabras, a veces polvorienta, a
veces blanqueada por el nevero sucio del verano tardío, aunque
siempre dura y pedregosa.
El aliento alterado cesa, se apacigua,
cuando el caminante llega a la cabaña. Está ahí, solitaria,
erguida sobre una roca, mirando a los cuatro vientos; está ahí,
bien asegurada con cables de acero, protegida de la violencia eólica,
al amparo de tempestades. Es Verónica, la esférica y coqueta
cápsula subida por piezas a lomos de caballo. Procede de un barco de
guerra norteamericano en desguace. En el mar protegió al marino del
fuego enemigo, acogiendo en su interior un arma demoledora. Aquí, en
la montaña, da albergue al caminante y lo protege del frío, de los
vientos y de las tempestades que desencadenan en las alturas toda su
sobrecogedora potencia.
Verónica,
refugio vivac, no tiene más depredadores que el sol y
la erosión de las aguas y el viento. Pero llega el hombre, ese
andador ansioso de glorias alpinas, y con su devastador
comportamiento acentúa la degradación del pequeño refugio y su
entorno de rocas pulidas, fracturadas por un proceso de inevitable
gelivación, nacidas en el cataclismo orogénico de hace cientos de
millones de años.
Solaz y riesgo
La cabaña es base ideal para realizar
ascensiones a los picos que la circundan: Peña Vieja,
Horcados Rojos, Tesorero, Torre de
Altaiz, agujas de La Canalona y Bustamante, etc. Visité por primera vez en 1968 este
abrupto macizo calcáreo de fuertes desniveles y profundos abismos.
En aquellos años todavía era dado caminar sin incómodas compañías
por sendas pinas y sinuosas, subir a las plataformas cimeras de sus
picos, atalayas grandiosas, con vistas panorámicas al mar y la
tierra; subir sin el acoso de apresurados andadores que te siguen, pisándote los talones. Eran otros tiempos, eran otros conceptos de
vida en la montaña. Buscabas descanso, solaz, aire puro, pero también aventura en la ascensión y en la escalada
por vías de evidente riesgo.
En el riesgo estaba la satisfacción
plena del montañero. Porque superar una llambria con el precipicio
abierto a tus pies, sentir el agarre firme de los dedos en la
rugosidad de la roca, bajar de la cima en rápidos rápeles, una vez
vencida la cumbre, enriquece la voluntad y da fuerza interior para
salvar dificultades. El montañismo es forja excelente de gentes
de bien, de personas voluntariosas, solidarias, capaces de afrontar el sufrimiento sin decaer y de enorgullecerse de los triunfos propios y
ajenos.
Hoy, el escenario hermoso de la
montaña es objetivo preferente de agencias turísticas y de
aventura. Poco a poco, inexorablemente, caminos y sendas se ven
invadidas por cientos de visitantes ávidos de probar ropa
prêt-à-porter
para
darse una caminata por la montaña y recorrer, aunque sea brevemente,
los escasos y tortuosos senderos que la pueblan. Senderos abiertos
por la pisada firme y consistente de gentes y animales; senderos
unidos entre sí o cortados por el muro infranqueable del roquedal.
Garganta divina
Visité por primera vez el Macizo
Central de Picos de Europa en 1968, como dije antes, después de
recorrer en paseo de placer inigualable la Garganta Divina del
Cares, una ruta hoy afectada duramente por el boom turístico.
Los mayores encantos de esa garganta eran la paz, la tranquilidad que
en tan venerado paraje se respiraba; paz en un ambiente
sobrecogedor, con el rumoroso Cares corriendo por lo más profundo
del tajo y con la presencia celeste de ruidosas grajillas, compañeras
inseparables del caminante en la espectacular depresión de esa zona
asturiana de Picos.
Tan buena impresión me causaron esos
parajes calcáreos que, en 1971 decidí volver a ellos junto
con tres compas de fatigas montañeras, amantes como yo de la marcha y la escalada. Después de esa segunda
experiencia vendrían otras, solo o en compañía de personas que
compartíamos la misma afición y los mismos escenarios calizos
de Picos, aunque también, y sobre todo, de Pirineos y Alpes. Pero
este es tema para otra ocasión. Ahora dejo aquí estampas de mi
primera visita al Macizo Central de Picos de Europa, en pleno mes de
agosto, bajo un sol abrasador alternado con más
de una tormenta seca y horrísona.-JT
P.D.- Mi agradecimiento a Arce, excelente montañero y compa ocasional, por permitirme publicar estas fotos de nuestro paseo por Picos de Europa. Las imágenes son bien expresivas y de gran calidad.
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Refugio de El Cable cercano a la
estación superior del teleférico de Fuente De, entrada cómoda al
Macizo Central. Yo solía subir a la Vega de Liordes por la canal de
la Jenduda, mientras mi pesada mochila era transportada por el
teleférico. En una ocasión quedé atrapado toda una semana por una
nevada imprevista, junto con el desaparecido montañero coruñés
Fernando Rodríguez Gil, en el refugio de la estación
superior. Compartimos mesa y viandas con el operario Domingo,
vecino de Pido, fallecido hace años. En la foto, de derecha a
izquierda se ven Peña Vieja, Pico de Santa Ana, la Torre de Horcados
Rojos y, al fondo, bien erguido y puntiagudo, el Pico Tesorero.
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Caminante, hay camino cómodo y amplio
por esa vega de Liordes donde la planta rastrera surge en los
entresijos de un suelo calizo. Comienza la marcha hacía la cabaña.
Y al fondo, siempre a nuestra vista, la bien fortalecida Torre de
Altaiz es un primer exponente de los grandes promontorios pétreos de
esta zona de Picos.
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Horcadina de Covarrobles. Ojo al
parche: En el macizo, el rebeco es dueño y señor. Quien no lo
respete será sancionado. Están bien claras las prohibiciones
impuestas por la Subsecretaría de Turismo del Gobierno de la nación.
Ni petardos ni griteríos. Y no se le ocurra lanzarles piedras, porque
entonces la ha liado parda.
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El neverín, camino de Verónica, deja
ver al final la oquedad de la llamada cueva Bustamante en la que me
tocó vivaquear más de una vez por estar la Verónica a tope de
personal. Eusebio Bustamante fue un ilustre fotógrafo
de Potes, colaborador de ABC y conocido por el sobrenombre de “el
fotógrafo de Picos”. Más de una vez me lo encontré en su
todoterreno Lada Niva cerca del refugio de Áliva. Era
extraordinariamente afable y gran conocedor de estas montañas. Hoy
sus hijos mantienen abierta la tienda de fotos en la villa cántabra,
lugar de peregrinaje de montañeros de todo el mundo.
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Verónica,
un refugio vivac bien anclado en la roca por cuatro cables para
impedir que los vientos impetuosos lo arranquen de cuajo. Salvó de
apuros a montañeros sorprendidos por nevadas imprevistas. Al fondo, el Tesorero.
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Soberbio panorama de picos y hoyos,
alfombrados por neveros todavía persistentes en un verano ya
avanzado.
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Las tormentas eléctricas y secas en
Picos son estremecedoras. En la foto vemos cómo la base oscura del
cúmulonimbo, hermosa nube de desarrollo vertical, se aproxima hacia
nosotros desde el Curavacas. No cayó ni una sola gota de agua, pero
la sucesión de rayos, uno tras otro, y el estruendo de sus truenos,
ampliado por el eco que se origina entre tanta montaña rocosa,
resultó sobrecogedor.
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Pico Tesorero. En esta cumbre confluyen
los límites territoriales de Santander, León y Asturias. De fácil
ascensión, su cima es una atalaya espléndida sobre los tres
macizos. En días despejados se ve el mar Cantábrico.
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Refugio Delgado Úbeda, al pie de la
cara oeste del Picu Urriellu. Fue hospedaje en más de una ocasión
de montañeros y escaladores de renombre mundial.
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El Picu Urriellu o Naranjo de Bulnes
despunta desafiante en esta foto. La pared oeste, de muy difícil
ascensión, fue escalada por primera vez en 1962 por los aragoneses
Rabadá y Navarro, que habrían de morir años más
tarde en Alpes. En 1969 Ortiz y Berrio cayeron más de
cien metros cuando afrontaban el último tramo hasta la cumbre. Sus
cadáveres fueron recuperados tras cortar las cuerdas que los
sujetaban y precipitarse al vacío. Un año más tarde, Gervasio
Lastra y José Luis Arrabal sufrieron un espectacular
rescate tras quedar atrapados en una cornisa durante ocho días, sin
posibilidad de continuar la ascensión por sus propios medios. Hubo
que recuperarlos con la intervención de un helicóptero, pero
Arrabal, trasladado a un centro sanitario, no sobrevivió. Lastra
salvó su vida y años más tarde ejercería la docencia en Potes.
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Arriba queda la vega del Urriellu con
su refugio al pie del Picu. Bajamos ya con dos compas
madrileños en franco regreso al valle, camino de Bulnes y Puente
Poncebos.
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Digo en el texto inicial que la montaña es forja de afectos y solidaridades. Pues bien, ahí está, en el cartel, la prueba
de la admiración y aprecio de los montañeses a sus visitantes.
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