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Promotores de quimeras (AFP) |
La actitud de estos altivos personajes de comedia dantesca me recuerda a la de uno de sus antepasados, el que fue en 1873 presidente en breve lapso de tiempo de la I República Española, Pí i Margall, barcelonés y autor de un proyecto federal para España con regiones convertidas en estados independientes. Margall asumió el cargo tras el regreso a Italia del rey Amadeo de Saboya, que estaba hastiado de la ingobernabilidad de los españoles. Mas, de vuelta en Italia, el concepto que el monarca tenía del ciudadano español fue ratificado con la llegada del político secesionista al poder y la aprobación de su plan de ruptura de la unidad de España.
República de caos y muerte
Implantada aquella primera república y el federalismo pimargallista, el caos y la violencia cundió por todo el país. Cataluña se independizó, sí, y también Granada, Cartagena, Murcia, Jumilla, Cádiz, Valencia, Sevilla, Andújar y otras ciudades como Betanzos, que se declaró independiente de La Coruña. El cantonalismo federado de Margall dio resultados trágicos, avivó odios e intereses políticos, territoriales y económicos, y dejó su huella sangrienta en la historia de la España Moderna. La ingobernabilidad de las regiones y ciudades sublevadas acabó forzando el establecimiento de una dictadura temporal, la de Serrano, cancelada al volver a funcionar las Cortes.
El conocimiento de la historia es una fuente imprescindible de enseñanza para todos, pero muy en especial para quienes dirigen los destinos de un país. Cuesta trabajo entender el comportamiento y los planes de unos líderes políticos que parecen hoy incapaces de ver más allá de su propia nariz. Ni repasando acontecimientos históricos acaban de cerciorarse de que la independencia, tal como ellos la tienen proyectada, es imposible, es decir, constituirse en estado soberano mediante la transgresión de la ley. Margall justificó entonces su proyecto federal-cantonalista alegando que con él trataba de conceder lo que el pueblo pedía. Y por complacer su personal y caprichosa petición, produjo el caos entre ciudades y vecinos y miles de muertes. La Cartagena cantonal de aquellos días llegó a intentar el apoyo de Estados Unidos, ofreciéndose a pertenecer a ese país, pero Ulises Grant y los congresistas americanos rechazaron la oferta.
Un proyecto quimérico
Estos sucesos históricos no intimidan a los secesionistas catalanes en el logro de sus objetivos. La independencia de regiones o territorios de la Unión Europea no es posible fuera de la ley. Y si España se saliese de la UE, la rebuscada soberanía tendría aún menos posibilidades de prosperar. Habría que cambiar el contenido de nuestra Constitución, una tarea poco menos que imposible a día de hoy. Entonces, si estamos ante una quimera, ¿qué pretenden esos catalanes, cuando saben que es imposible lograr la independencia ilegalmente? ¿No habrá detrás de su melodrama un deseo de obtener beneficios de todo tipo para Cataluña, en especial económicos, en detrimento de las demás autonomías? La verdad es que si inquieta la actitud de unos separatistas de supina ignorancia histórica, inquieta aún más el comportamiento de los gobernantes nacionales cuya relación con Cataluña parece estar diseñada para tomar el pelo a los españoles.- JT