jueves, 28 de junio de 2012

Arde Lucus, la fiesta romana por excelencia

A mi paso por Lugo, la Lucus Augusti romana, decido tomar un cafelito en la zona histórica de la ciudad. Aparco el coche detrás de la antigua cárcel. Luego atravieso la muralla patrimonio de la humanidad por una de sus diez puertas, la del Obispo Izquierdo, observado desde el adarve por un grupo de paseantes. Camino hacia el centro, y, ¡oh, Dios mío!, no puede ser, no he bebido, estoy consciente, ¿qué me pasa?, ¿alucino? ¡Veo romanos por todas partes! ¡Romanos y romanas! Pasean por las calles repletas de gente y de lugares de comida. Beben vino sacro de la ribera miñense, también cerveza en grandes bocks. Los más glotones se ventilan sin  aspavientos y en un tris tras jugosas costillas de cerdo celta a la brasa. Estoy en la capital del buen gourmet. La plaza mayor ha sido tomada por tenderetes de artistas y artesanos, maestros todos ellos en sus distintas especialidades. Están mezclados. ¿Se adelantaron los romanos a Gropius, el de la Bauhaus, eliminador de barreras entre arte y artesanía?

Cuando me aproximo al Ayuntamiento, veo, junto a una de sus paredes, ¡material bélico de las legiones del imperio! Torreta de asalto, ballesta, catapulta… ¿Entramos en guerra? ¿Ha comenzado el levantamiento de la plebe contra el poder exigente y aniquilador de Madrid y Bruselas? ¿A quién se van a cargar estos hijos de aquel pueblo de gentes estoicas, aguerridas, de alma entregada al druida, asentadas en este trozo de territorio galaico? ¿Contra quién van a guerrear los descendientes de césares, senadores, tribunos, artistas o legionarios, cultivadores exquisitos de las  artes y las ciencias, fundadores, dos mil años atrás, de la Lucus Augusti, hoy Lugo a secas?

No, no suenan a guerra los tambores. Suenan a paso marcial, en filas poco prietas, más bien desordenadas, en un desfile de toda la sociedad romana y castreña representada por los ciudadanos de Lugo. Suenan a euforia, a gozo, a felicidad. Celebran la Arde Lucus, undécima edición, catalogada como Fiesta de Interés Turístico de Galicia. Hombres y mujeres, niños y niñas de toda edad, clase y condición (como otrora se decía) visten atavíos de aquellos tiempos: las ropas elegantes y vistosas del pueblo romano, las pieles y los trapos tribales, las recias armaduras de los legionarios, las armas del gladiador, y también -no podían faltar en una sociedad ilustrada como la lucense- los símbolos de una cultura que invadió Europa y contribuyó a civilizarla.

Durante tres días Lugo fue ciudad de romanos y galaicos. Las tribus que poblaban antaño este territorio se sometieron al Imperio bajo la fuerza poderosa de las legiones. Al fin Roma implantó aquí su cultura y sus costumbres. Pasados más de dos mil años, el rencor contra los invasores se ha trocado en camaradería y amistad duradera e inquebrantable. Mas, si entre ellos retoñasen diferencias, estoy seguro de que pronto desaparecerían: los caldos sacratísimos de la ribera del Miño no tardarían en devolverlos a la concordia.

Han logrado los organizadores preparar unas grandes fiestas. Se cuidó todo: atuendos, ornamentación, escenarios, tenderetes y actos, de tal manera que Lugo parecía haber regresado atrás dos milenios. Se representaba todo lo de aquella época: el mercado, la artesanía y los artesanos, los campamentos, las armas, las termas (estas, auténticas), el coliseo, el circo, el anfiteatro, los gladiadores,  etc. Y la estructura de la sociedad romana se identificaba fácilmente por las vestimentas que los lucenses volcados en esta celebración (en especial profesores y alumnos de colegios de la ciudad) confeccionaron para darle un tono de realismo. Para completar la perfección del recuerdo, durante los tres días de festejos se emitió moneda romana de cobre para cambiar. Todos los establecimientos cobraban en esa divisa. ¡Oiga señora Merkel, ya se han cargado el euro…! 

La sociedad de la Roma antigua ocupaba calles y plazas, bares y tascas, restaurantes y chiringuitos en los que el pulpo y los asados recibían la mayor demanda. No eché en falta ninguna clase social. Estaban el Senado y la Orden Ecuestre; los comandantes, los gobernadores y los funcionarios (¡coño, ya había funcionarios!); la plebe, fácilmente satisfecha entonces por recibir trigo gratis y diversión, o sea, pan y circo (hoy recibe más: pan y fútbol, coche y televisor); estaban los esclavos, los libertos… todos invadían la ciudad. ¡Arde que arde Lugo! Hasta los empleados de bares y restaurantes vestían ropas de la época. Y un toque original: entre los grupos sociales que desfilaron por la calles del centro se movía con agilidad un fauno de largas y puntiagudas orejas, de más de dos metros de altura, subido a unos zancos. Era la pincelada que completaba el recuerdo de la mitología; el recuerdo de unos seres de fantasía, habitantes de campos hoy despoblados por el éxodo de las gentes a la ciudad.

Y para comer, Lugo, reza el lema turístico de la ciudad gallega. Bueno, digo yo, para comer, beber y divertirse. Además, para disfrutar de la amistad de unas gentes de entrañable simpatía y cordialidad. Y sobre todo, también digo, para enriquecerse culturalmente en los ilustrados ambientes de una urbe que debía de ser toda ella, de la muralla para adentro, patrimonio de la humanidad, incluidas sus gentes.

Dejo a continuación fotos del desfile romano-galaico con el fin de que el lector tenga una visión más completa de la Arde Lucus. Pueden servir para obtener copias a las personas que participaron en esa gran marcha. Recibid, pues, lugueses desinhibidos y jacareros, la enhorabuena de este humilde bloguero por el éxito de los festejos, por vuestra contribución lúdica a la historia y la cultura, y por el derroche de sana alegría y limpia jocosidad de los participantes ante un público que acabó la jornada romanizado. ¡Que arda Lugo muchos años! -JT

Carteles de esta fiesta de interés turístico con la catedral al fondo.
La participación de la mujer en este festejo ha sido importante. Su masiva presencia realzó la marcha.

Profesores y alumnos de los centros de enseñanza participaron en el desfile romano.

También los pequeños se romanizaron. Ahí van, disfrutando del desfile junto a sus padres. 

Tambores, estandartes, y un papá romano con su hijo en la silla.

Docentes y alumnos del ANPA Menéndez Pelayo.

La presencia inesperada del fauno con su gaita sorprende a niños y mayores.

El estandarte del Colegio Cervantes llevaba incrustada la bandera con los colores del CD Lugo, que acaba de ascender a Segunda División.

  Las gafas desentonan con el atuendo, pero el sol resplandeciente del mediodía, y la también resplandeciente belleza de las mujeres luguesas justifican su utilización. 

Romanos entre el público: senadores, plebeyos y soldados.

El legionario abre paso portando el estandarte de su colegio.

Participantes del Colegio Divino Maestro. Alguien lleva un paraguas sin romanizar.

Las tribus castreñas estaban bien representadas.

Colegio Salesianos. Guardia pretoriana del emperador.

Tras la guardia desfila un grupo de jóvenes tocando tambores.

Aspecto general del desfile a su paso por la Plaza Mayor.

No son tambores de guerra sino de paz, de pura paz romana. En la pared, un cartel anuncia la exposición de pinturas del recordado galleguista Isaac Díaz Pardo, recientemente fallecido. Fue el creador de Cerámicas del Castro y continuador de la fábrica de Sargadelos.

Va a comenzar la parada. Los infantes, armados con escudo y lanza, esperan a que suene la orden de marcha para ponerse en movimiento.

Una fuerza militar protege la ciudad amurallada. Mantiene el orden y la alegría para que todos disfruten de la fiesta.

Los jóvenes disfrutaron aporreando el cuero del tambor para dar un tono de marcialidad al desfile.

Estandartes del Salesiani Luci Augusti.

De los bares repletos de parroquianos salía la gente a contemplar el paso de estos soldados bien protegidos por sus cascos, malla y armadura pectorales.

Soldados romanos patrullan por los rincones lúdicos de la ciudad. Hay que velar por la alegría del público.

La gente se agolpa para presenciar el paso de romanos y galaicos. Al perrito lo han vestido a tono con la fiesta.

Terminada la sesión de los senadores, celebrada delante del Palacio Episcopal, sus miembros se retiran a comer en alguno de los numerosos restaurantes del casco histórico de la ciudad.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me gustan las fotos. La fiesta fue un exito, le gustó a la gente y todos disfrutamos mucho. Gracias por tus fotos, Reinaldo.

Anónimo dijo...

De chachi piruli se lo han debido pasar los lugueses con esa fiesta, me apunto a ella este año, hei carballeira!!! Richard