lunes, 24 de julio de 2017

Cambio climático: ¿Nos autodestruimos?

Contamina, que nada queda (Foto Jomi Dadppas)
La retirada de Estados Unidos del Acuerdo de Paris, suscrito por 195 países en diciembre de 2015, podría debilitar en gran medida la lucha contra el cambio climático. Donald Trump ha decidido dar prioridad al empleo en detrimento de acciones contra el deterioro del medio ambiente. Sobre esta grave amenaza hay, sin embargo, disparidad de criterios dentro de la comunidad científica. Unos -la mayoría-, atribuyen al hombre la contribución a su propio exterminio. Otros lo liberan de esa responsabilidad, pero admiten que las catástrofes naturales son el resultado de un cambio en el clima. ¿Quiénes están en lo cierto?
      Las Naciones Unidas establecieron el Día Mundial del Medio Ambiente con el propósito de alertar y sensibilizar sobre la necesidad de poner freno a la degradación de la biosfera. Uno de sus lemas fue Muchas especies. Un planeta. Un futuro. En él se plantearon, en mi opinión, tres grandes preocupaciones: la conservación de especies y ecosistemas, el estado de nuestro planeta, amenazado por una contaminación en progresivo incremento, y el futuro que espera a nuestros descendientes si el daño al medio continua al ritmo de hoy. Pero debemos tener en cuenta que esa conmemoración de la ONU no es sólo una llamada de alerta. Su objetivo va más allá. Pretende involucrarnos a todos, de manera personal y colectiva, en el desarrollo de acciones que contribuyan de forma eficaz a reducir la degradación de nuestro espacio vital.
      ¿Medio ambiente es una diversión, una especulación, una realidad científica? Vamos a quedarnos con el significado de realidad científica, porque es el que mejor se ajusta al sentido que se le ha dado en todo el mundo. Para entendernos, admitamos que es el conjunto de condiciones y factores en el que se desarrolla la vida de un organismo. Pero al mismo tiempo la expresión tiene connotaciones, en su sentido más popular, con los problemas surgidos en la era industrial, como son la contaminación del aire y las aguas, la erosión de los suelos y el agotamiento de los recursos naturales.

Contaminación global

      El deterioro ambiental en proporciones alarmantes no es una cuestión de hoy en día, como algunos puedan pensar. Ya en los siglos XVIII y XIX había contaminación en lugares de grandes concentraciones humanas. Las aguas de París, por citar un ejemplo, en tiempos de Luis XIV, estaban sucias, contaminadas, pero era un problema muy localizado dentro de un área de elevado índice de población. Sin embargo, con la expansión industrial y urbana del siglo XIX se registró un aumento muy considerable en el deterioro de la biosfera, y ese deterioro ha seguido creciendo hasta alcanzar en la actualidad niveles alarmantes tanto por su intensidad como por su extensión geográfica.
      Antaño, las zonas contaminadas eran muy reducidas con relación al conjunto del planeta. Hoy tienden a cubrirlo todo, a propagarse por doquier. No sólo las emisiones y los residuos industriales son una amenaza contra la pureza y la integridad del medio. Hay también otra fuente de contaminación a gran escala que es consecuencia de la actividad humana. Son los desechos de la vida diaria. La población mundial se aproxima a los 7.000 millones de habitantes y genera masas ingentes de residuos. Además, el auge imparable del uso de vehículos de motor lleva emparejada una progresiva emisión a la atmósfera de los llamados gases del efecto invernadero.

¿Amenaza o fata morgana?

      El panorama no puede ser más sombrío: residuos contaminantes, gases que influyen en el aumento de la temperatura media global, vertidos industriales en ríos, lagos y mares… Y para mayor desesperación, el hombre sigue devastando grandes extensiones de bosques, cuando sabe que el árbol contribuye a regular la presencia del dióxido de carbono en el aire. Así se comprende que expertos de todo el mundo consideren la degradación de la biosfera como un fenómeno esencial de nuestro tiempo.
Pero cabe preguntarse si la acción del hombre es una verdadera amenaza para la vida en la Tierra, y sobre todo en qué medida somos responsables de su degradación. Aunque los criterios de la comunidad científica sobre estas cuestiones son divergentes, hay que señalar que la mayoría de los expertos responsabilizan al hombre como causante de los cambios bruscos del clima y de la desaparición de especies, debido, en gran parte, a la emisión de gases del efecto invernadero. Este efecto lo produce la retención del calor en zonas de la atmósfera próximas a la corteza terrestre. Y se debe sobre todo a la presencia en el aire de una capa de óxidos de carbono y nitrosos, entre otros, procedentes de las combustiones industriales, principalmente del petróleo, el carbón y el gas natural.

Marc: Nos autodestruimos

      Así las cosas, la situación actual ha llevado a algunos científicos, como es el caso del francés Philippe Saint Marc, a manifestar que la humanidad se está autodestruyendo. Es esta ciertamente una sentencia apocalíptica que no debemos desoír porque queda aún mucho camino por recorrer en materia de conservación de la biodiversidad, sinónimo de abundancia de especies, aunque en un sentido más amplio puede aplicarse a la variabilidad que encierran  otros niveles de organización como genes, poblaciones, comunidades, ecosistemas y  paisajes.
      Hemos vivido durante siglos y siglos con la idea de que la naturaleza es un bien gratuito e inagotable, pero las circunstancias y el tiempo nos han demostrado lo contrario. El hombre del siglo XIX pensaba más en las relaciones humanas que en su vínculo con la naturaleza. Por eso, las filosofías liberales y marxistas de la época sólo se preocupaban del nivel de vida, pero no de la calidad de vida.
      Así las cosas, la alarma por la degradación de la biosfera ha ido creciendo a medida que sus consecuencias amenazaban aspectos esenciales de la vida humana tales como la salud y el clima. Los pronósticos sobre la subida de la temperatura media del planeta, el progresivo deshielo de los casquetes polares, y los cambios bruscos en climas regionales y globales están creando un ambiente generalizado de inquietud en el mundo sobre el futuro de la Tierra. A pesar de ello, ningún científico ha demostrado de manera fehaciente, con datos incuestionables y evidencias, que estemos contribuyendo a nuestro propio exterminio.
      Frente a la catastrófica sentencia de Marc, de que la humanidad se autodestruye, otros expertos menos pesimistas sostienen que la temperatura del planeta no aumenta de forma alarmante como consecuencia de las emisiones de dióxido de carbono o CO2 y de otros gases de efecto invernadero. Es más, esos científicos creen que un ligero incremento de la temperatura media sería básicamente positivo.

Capella: Los datos no evidencian el efecto

      El astrofísico Francisco Capella, especialista en temas medioambientales, rebate las hipótesis más difundidas del calentamiento global y de la subida del nivel del mar a causa de la actividad humana. En su opinión, el mar lleva varios siglos ascendiendo levemente, tal vez por movimientos tectónicos, pero no debido al cambio en el clima ni tampoco por la acción del hombre. Para Capella la influencia antropogénica en ese cambio y sus consecuencias en el calentamiento no se conocen bien, pero tampoco parecen conducir a una catástrofe. Además, no se sabe cuál es el nivel peligroso de los gases de efecto invernadero y, por lo tanto -apunta este astrofísico-, estabilizar o reducir un nivel sería arbitrario no tendría base científica.
      Por otra parte, sobre el efecto del CO2 en la variación del clima Capella afirma que los datos históricos de miles de años obtenidos en el hielo de la Antártida no muestran evidencias de ese efecto. Pero admite que las concentraciones de este y otros gases del efecto invernadero han aumentado un 30% en los últimos 150 años, aunque sin ningún calentamiento global asociado. Este científico refuerza su teoría afirmando que los datos atmosféricos de las últimas décadas no dan ningún incremento en la temperatura media de la Tierra, sino más bien un leve enfriamiento.

Duffi: La culpa es del agua

      De manera similar a Capella opina el profesor de Ingeniería Química de la Universidad neozelandesa de Auckland, Geofrey Duffi. Este experto rechaza los mitos de la responsabilidad del hombre en el calentamiento global. Asegura rotundamente que no existe ninguna prueba clara de que el CO2 produzca ese calentamiento. Culpa al sol de las oscilaciones de temperatura registradas a lo largo de la historia, y atribuye a la acción humana la emisión de un mínimo porcentaje de dióxido de carbono.
      Para Duffi, el agua es el factor principal del efecto invernadero, pues el CO2, el metano, los óxidos nitrosos, etc., apenas representan, tanto en cantidad como en efecto, una mínima influencia comparada con la que ejerce en este ámbito el vapor de agua. Y respalda su teoría afirmando que la tendencia hacia el calentamiento del planeta terminó en 2001, según los resultados de mediciones atmosféricas realizadas por expertos.

Amenaza latente: nuestro entorno se desertiza (Foto EFE)
Lovelock: El hombre también es culpable

      Sin embargo, un ambientalista de fama mundial, el británico James Lovelock, bioquímico y doctor en medicina, a quien se considera el padre de la ecología moderna, defiende teorías muy contrarias a las de Capella y Duffi. Este experto recibió en 2009 el Premio Fonseca de la Universidad de Santiago de Compostela por su labor en el campo de la divulgación científica. Inventó el detector de electrones, y fue el creador de la Teoría de Gaia (la Tierra) con la que trata de demostrar que nuestro planeta se comporta como un organismo vivo y capaz de autorregularse. No obstante, Lovelock duda de que nos quede mucho tiempo para encontrar respuestas y poder salvarlo. Culpa en parte al hombre del calentamiento global, a causa de la contaminación, y apunta que hacia el final del siglo es probable que el aumento de la temperatura haya transformado la mayor parte de la Tierra en un desierto. Son tremendas sus apreciaciones porque, según él, ya no podemos frenar el calentamiento del planeta, pues, el CO2 acumulado en la atmósfera tardará al menos un siglo en desaparecer. Pero sí podemos reducir sus efectos, y esto es lo importante, frenando o ralentizando las emisiones.

Proteger y conservar lo heredado

      Al margen de lo que opine el señor Trump y de las disquisiciones entre científicos sobre una u otra teoría en torno al futuro del planeta, no cabe duda de que todos, en la medida de lo posible, debemos preocuparnos por la integridad y la pureza de nuestro entorno. Con cualquier paso que demos, con cualquier acción que llevemos a cabo, individual o colectiva, para proteger y conservar la biosfera, es decir, nuestro escenario vital, estaremos contribuyendo al fracaso de unos pronósticos apocalípticos que, de cumplirse, significarían el fin de la humanidad.

      En una escala de protección está en primer lugar el hombre, su bienestar, qué duda cabe, pero en estrecha relación con él hay un conjunto imprescindible de elementos a preservar formado por la fauna, la flora y los ecosistemas. Y si me apuran, pues añadiría el paisaje. Creo que sólo así, con la acción protectora de administradores y administrados sobre nuestro medio ambiente natural podremos dejar en herencia un territorio habitable, y si no mejor, al menos tan íntegro y hermoso como el recibimos de nuestros antepasados.- JT 

3 comentarios:

Cesáreo dijo...

Y el Niño y la Niña, José, que en las oscilaciones de temperatura del mar y en el sol puede estar la clave del cambio climático, coincido con Duffi, es la temperatura del agua la que nos mete temporales, ciclones, tormentas, avenidas inesperadas, ¿no crees?, no tanto los coches y las fábricas como se dice.

Untal Mileto dijo...

Hace muchos años cuando no había tanto coche e industria ya había fuertes tormentas, inundaciones, terremotos y mucho calor. Creo con Lovelock que el causante de tanto cambio es principalmente el sol. Pero, !je, je je! ¿quien le mete mano... La contaminación del hombre es poca cosa al lado del astro rey.

Luciano dijo...

El hombre es destructor por naturaleza. Se aniquila en guerras ¡jo! y ahora que no las hay contamina y contamina participando de su propia ddestrucción. Somos la única especie del planeta que mata y destruye por placer, no solo para sobrevivir. Duro pero real.