jueves, 24 de enero de 2013

Manfred Man, una vida entre piedras

Manfred Man o Man a secas de sobrenombre. Así se conocía al alemán Manfred Gnädinger que habitó en el pueblo coruñés de Camelle desde 1962 hasta 2002. Vivió junto al mar como un anacoreta: solitario, sin apenas comunicación con la gente, y encerrado en sus propios pensamientos. Un fracaso de amor redujo su vida a un minúsculo entorno de la Costa da Morte. Construyó una mísera caseta para aislarse del mundo exterior, y pronto se rodeó de piedras apiladas verticalmente y coloreadas. Completaba su obra pintando círculos en suelo y muro del rompeolas. Fue un hombre bueno, querido por las gentes del lugar.

Su particular museo al aire libre está hoy abandonado, al albur de un Atlántico que poco a poco irá devorándolo. Sin embargo, no se perderá su recuerdo: el Ayuntamiento de Camelle y la Xunta de Galicia le dedicaron al artista y a su obra un edificio-museo en la zona portuaria, cerca del lugar donde Man vivió cuarenta años. Murió, dicen algunos, de pura tristeza. No lo mató la humedad ni el frío, a pesar de que andaba siempre en taparrabos mostrando a sus visitantes las piezas de su autoría. Murió de pena, sí, cuando vio cómo sus piedras y sus círculos, su caseta y todo su vital entorno eran empapados por el viscoso y sucio crudo procedente de un barco de endemoniado recuerdo: el Prestige. Man se fue, pero su figura permanece imborrable en la memoria de los habitantes de Camelle.

Cuando vi por primera vez las esculturas de piedra de este alemán, sospeché que había en ellas una fuerte influencia del medio donde vivía su autor porque Camelle está al pie de una montaña generosamente salpicada de peñascos graníticos. En ella más de un montañero –y yo me incluyo- probó quincalla y destreza en paredes verticales y lisas, de unos veinte metros de altura. La roca está esparcida por doquier, y es, a veces, redonda y muy pulida; otras, antropomorfa. Esta singularidad del paisaje tan próximo al artista fue la que me llevó a pensar que se inspiraba en el entorno para construir las piezas de su museo.

Pero no, no era ese su numen artístico. Él mismo me lo confesó: sus creaciones eran reflejo de un pensamiento -no me atrevo a calificarlo de filosófico- que lo tenía atenazado desde niño: el círculo, la redondez de la forma como principio y fin de todas las cosas. E iba más allá en tan particulares deducciones: El círculo ---me explicó en una de mis visitas a su humilde caseta de ermitaño— es la vida misma; empieza a trazarse cuando naces, y se cierra al morir. Pintando círculos estoy recreando vida, naturaleza, y lanzando un mensaje trascendental, tal vez kantiano, de razón pura. Todo lo que vemos, lo importante y trascendente es redondo: el mundo, los planetas, tal vez el universo… Hasta la redondez puede ser sinónimo de hermosura aplicada a la mujer, o a estas piedras lisas, acaso ovaladas, con las que hago mis trabajos.”

Me sentí ofuscado cuando Man derribó mi sospecha con sus explicaciones. Suponía como lógico que se inspirase en las rocas de la montaña, ¡las tenía tan cerca! Mas luego, observando con detenimiento las esculturas y los círculos estampados en el malecón, admití que no era la roca serrana su fuente de inspiración. Las piedras apiladas en espiral, dirigiéndose hacia el infinito, encerraban un mensaje no sé si antropocéntrico o panteísta, pero que nada tenía que ver con las formas del roquedal.

Así es como conocí a este recordado anacoreta de la Costa da Morte. Llegó de joven a Camelle, y un amor no correspondido lo encerró hasta la muerte en su particular ermita al lado del mar, mirando al ocaso. No sé si las figuras pétreas que nos legó son arte o camelo, no me atrevo a valorarlas, pero tienen un importante significado inmaterial: el del recuerdo de un hombre bueno, de naturaleza dura y sentimientos profundos, acogido y querido por sus convecinos, que supo vivir sin molestar y supo ayudar a quienes le pidieron su consejo. Así fue el alemán de Camelle.- JT

Man no se inspiró en las rocas de la sierra de Camelle para construir sus piezas.

Erguida sobre el muelle, esta escultura parece desafiar con su esbeltez al roquedal de enfrente.

En el tótum revolútum del museo aparece al fondo la ermita abandonada del artista.

La caseta del ermitaño, en evidente estado de ruina.

Man utilizaba en la elaboración de sus obras lo que tenía en el entorno: piedras, cuerdas, ramas y todo tipo de desechos arrastrados por el mar.

La fuente es una de las piezas más llamativas del que fue museo al aire libre del alemán.

Vista de una parte del museo desde la caseta. Al fondo resalta la sierra de lomas berroqueñas.

Solidez, firmeza, caos… ¿Qué pretendió representar el autor con estas figuras?

Entrada a la vivienda. Las piedras apiladas junto al edificio tienen estampado un círculo.

Esta caracola es tal vez la obra más llamativa de la colección. Resalta la redondez de los cantos rodados, la de esos  círculos predominantes en la obra de Manfred. 

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Era un hombre bueno como tu dices. Cuando fui a ver su museo me recibió en taparrabos y me dio un boli y una libreta para anotar mis impresiones sobre el museo. Me gustaría saber que ha hecho con lo que escribí. José Luis

Anónimo dijo...

Bueno bueno Jose, no parece haber mucho arte en esas esculturas sino mas bien habilidad e ingenio,je,je,je, pero como dices al menos queda el recuerdo de su bonhomía, que ya es mucho. Saludos. Arturo

Anónimo dijo...

Creo que este alemán tenía mucho cuento. Llamar obra de arte a esas acumulaciones de piedras que se ven en las fotos es como decir que las figuras que pintan mis hijos pequeños en la escuela son cuadros de Picasso. Luciano