lunes, 7 de mayo de 2012

Periodismo: el deterioro de una profesión postergada


La profesión periodística está en mínimos. El año pasado se perdieron en España unos seis mil empleos, cerraron cincuenta y dos medios de información, y hubo veintitrés ERE. ¡Vaya escabechina! Ahora vienen las lamentaciones y la protesta unánime por una situación que ha puesto a miles de profesionales en la calle. Hay que ver cómo estaban –y aún siguen estando- los kioscos en las últimas décadas. Sus estanterías y paneles lucían repletos de revistas y diarios. Allí estaban todos representados: los escasos medios independientes, los lobbys políticos y económicos, y toda suerte de grupos lagoteros beneficiados por el poder.

Sin periodistas no hay periodismo; sin periodismo no hay democracia, rezaban las pancartas exhibidas en las protestas públicas de los profesionales que se echaron estos días a la calle en muchas ciudades de España. ¿Tienen razón? ¿Son reales sus afirmaciones? Reflexionemos sobre el sentido de estas frases. No hay periodismo sin periodistas. Bueno, si admito que no, es decir, que no lo hay, los colegas me aplaudirán; pero si afirmo lo contrario, la cosa cambia: me considerarán un renegado de la profesión. Mas lo cierto es que estamos viendo cómo hay periodismo sin verdaderos periodistas. En los medios proliferan desde siempre los intrusos, que en menor, igual o mayor medida que el titulado contribuyen a sacar adelante un periódico o un informativo de radio o televisión. Han entrado por la puerta falsa, muchos carecen de titulación, de estudios, y hasta no tienen la debida formación cultural y técnica que su trabajo debe de exigirles, aunque muchos la adquirirán con la práctica.
   
Cabe admitir que, cuando no había escuelas especiales de periodismo, accedieran a las redacciones los listillos de turno, los buscadores de empleo, o simplemente quienes, en el decir de otros tiempos, se hacían periodistas porque no servían para otra cosa. Pero desde el momento mismo en el que la profesión fue regularizada, primero con la creación de escuelas especiales, y después con el traslado de los estudios a la universidad, no se entiende cómo los profesionales no fueron capaces en tantos años de acabar con el intrusismo. Desde finales de los sesenta, todas y cada una de las asociaciones de periodistas han venido tratando este tema en sus asambleas con la intención de dignificar una profesión muy puteada por los poderes públicos y económicos, sometida por esos grupos fácticos que no quieren voces libres e independientes. Llegados al día de hoy, la titulación universitaria como exigencia ineludible en las redacciones sigue siendo una pompa de jabón que cualquier político u empresario puede deshacer de un soplido.
          
Los periodistas, admítaseme, tienen buena parte de la culpa de sus propios padecimientos. Porque, por miedo a perder el puesto, por insolidaridad, o por dar jabón al empresario o al político de turno carecieron de fuerza y eficacia en su lucha por el amparo legal, sin lograr un nivel de seguridad similar al de abogados, médicos, jueces o arquitectos, por citar unos ejemplos. Así, las redacciones se llenaron de intrusos, o más bien de oportunistas de escasa o nula exigencia, sin que hubiera una oposición efectiva de los profesionales con estudios y titulación. Hoy se paga con lágrimas lo que ayer simulaba amenaza y peligro, pero, como había trabajo para todos, se vivía felizmente en un mundo husleyano. Hay que admitir, no sin tristeza, que el túnel por el que hoy se circula es largo y la luz no se ve por ningún lado. El desempleo y la desaparición de medios, bien sea por las razones apuntadas; bien, y sin duda, por la crisis que atenaza nuestra economía, ambas cosas están causando gran daño a una profesión aherrojada por políticos y legisladores.

Sin Periodismo no hay democracia, reza la segunda sentencia de los manifestantes. Pero hay que añadir un matiz: sin periodismo independiente y libre. Porque el actual, en gran parte sectario, es antidemocrático cuando se encubre como neutral sin mostrar su tendencia política o la identidad de la bandería a la que sirve. En un programa de Veo Televisión, del diario El Mundo, contemplé por primera vez un hecho excepcional: su conductor, Carlos Cuesta, al comienzo de su intervención, confesó ser de derechas. Simple y llanamente. Sin perjuicios. Sin temor al qué dirán. Fue todo un ejemplo de honradez profesional. Si todos se comportaran así, mejor le iría a nuestra débil democracia. 
       
Lo malo es que al paso que vamos no me extrañaría que la sociedad recuperase el concepto que tenía antaño del profesional de la información. Es tan fuerte la destrucción de empleo, son tan profundos y crueles sus resultados y tantos los profesionales que pierden su trabajo, que acabarán causando lástima y siendo objeto de acciones misericordiosas como la que se cuenta de la duquesa de Medina Sidonia, quien,  al avisarle de que habían llegado a su palacio los periodistas de Madrid, no se le ocurrió otra cosa que exclamar: “¡Pobrecitos, denles algo de comer!” - JT
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P.D.- Al regreso de un largo y enriquecedor viaje por tierras del sur me encuentro con la desaparición de mis mascotas, Gumersinda y Agripina. Parece ser que en mi ausencia me han puesto a parir. Cuando las pille, van a estar dos meses leyendo sin descanso el Ulises en verso de Joyce. A ver si así dejan de cotillear.    

1 comentario:

Anónimo dijo...

Y si además de insolidarios y sectarios hay muchos periodistas que agregan a sus aptitudes un grado de incultura elevado, pues apaga y vámonos. Mal se lo fio a vuestra profesión. JOSE LUIS