martes, 12 de abril de 2011

Carta a Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura

Recordado Mario:

Traté de localizarte nada más conocer la buena nueva, pero no di contigo. Me movía el deseo de felicitarte y ser partícipe de tu alegría, perdona mi intromisión, porque has alcanzado el reconocimiento mundial a la grandeza de tu obra con el Premio Nobel de Literatura. Lo hago ahora por medio de este blog, conservando el anonimato desde mi entreverada identidad, alejado del diario y tantas veces impertinente cotilleo redero, al encuentro de nuevos retos y emociones. Quise felicitarte, pero no fui capaz de dar contigo ni en este ni en otros territorios; ninguno de los teléfonos que tenía tuyos eran actuales: Barcelona, Londres, Lima…  En la editorial, “lo siento, no tengo el teléfono de don Mario, está ausente de España, trataré de darle su aviso”, fue todo lo que conseguí.

Por eso recurro a este medio, sé que no es el más apropiado, para decírtelo: ENHORABUENA. Más de una vez, leyendo tus novelas, me pregunté que cómo era posible que los suecos del Nobel no te premiaran hace años, cuando acumulabas méritos más que suficientes para ser el elegido, mientras otros, con inferiores merecimientos, habían conseguido ese importante galardón. ¿Tardaron tanto en otorgártelo porque fuiste revolucionario en tu juventud, y la realidad te hizo cambiar? (¡Quién no se ha arrogado esa postura de rebeldía en los fogosos años universitarios!)  ¿U obedeció esa demora a que tu condición liberal te hizo rechazar regímenes tan antidemocráticos como el podrido castrismo? Llegué incluso a sospechar que había sido porque tu fe en la democracia y el amor a tu pueblo, tu nada dudoso liberalismo, te condujeron a la participación política, con el noble intento de implantar y defender la justicia social y neutralizar a quien pasaría de la presidencia de un país a la cárcel, acusado de corrupción y matanzas como las de Barrios Altos y Cantatuta. ¿Se me escapa que, acaso, hubo envidias, malevolencias de terceros que yo ignoro, para envenenar a los confabuladores suecos? Algún día habrá que saberlo.

Te daba por concedido el premio cuando leí La tía Julia y el escribidor en 1978, luego de recrearme con la lectura de novelas tan deliciosas como Pantaleón y las visitadoras, Los cachorros, La casa verde, Conversación en la catedral, y también el ensayo La orgía perpetua, sobre Flaubert y su Madame Bovary, tu admirado escritor francés, del que me dedicaste un ejemplar en 1982. ¿Te acuerdas? Fue la noche en que los dos matrimonios compartimos mesa en un desangelado restaurante arteixano, buscando la intimidad, lejos de una ciudad saturada de periodistas e hinchas del equipo del Perú. Rememoramos en aquel reencuentro personajes y escenas de un festival de folklore inolvidable, disfrute excelso de música, baile y alegría, compartiendo autobús, escenarios taurinos, y fervorosos públicos.

Nos conocimos en el Instituto de Cultura Hispánica. Tú viniste a España, con Julia, a estudiar. Yo cursaba periodismo y dirección de cine, y era miembro de la tuna de Bellas Artes: guitarrista y cantante. Los universitarios peruanos que residíais en Madrid aceptasteis participar en el II Festival de Folclore Hispanoamericano, organizado por el citado instituto. Pepe Bernedo, un aplicado alumno de medicina, arequipeño como tú, de aspecto venerable, con el que compartía piso en Ramón de la Cruz, me puso en contacto con vosotros: os urgía agregar a vuestro grupo un cantante y guitarrista con conocimientos de folklore inca. Y me aceptasteis. Tal vez no lo hacían mal.

Formamos un conjunto bien afinado: trío de guitarras y voces y un tañedor de cajón (este instrumento lo han incorporado al flamenco: da ritmo y volumen a la música), el cojudo, ¡qué buen tío!, serio, solemne, de mostacho espeso y habla parca. ¿Y dices que murió, dices que fue ese cholo de talante bondadoso una de las primeras víctimas de la guerrilla? Me hubiera gustado recuperar su amistad.

El cuerpo de baile lo componíais cinco o seis parejas de bailarines, no recuerdo cuántas, con Julia y tú. Una tarde de junio de 1959 presentamos el festival en un palacio del Retiro madrileño. Dos días después empezaría la gira por media España, de ciudad en ciudad, de plaza de toros en plaza de toros, con actuaciones de grupos folklóricos españoles y de países hermanos de ultramar: Cáceres, Alicante, Valencia, Barcelona, Palma de Mallorca, Zaragoza, Madrid… Fueron unas jornadas inolvidables, bien nutridas de alegría y hermandad entre jóvenes unidos por el nexo de una lengua hermosa: el español.

Antes de emprender la marcha actuamos en Televisión Española, en los estudios que el canal exclusivo del régimen de Franco tenía en Paseo de La Habana, tú y Julia bailando, junto con otros universitarios del Perú, yo cantando y guitarreando con los tres compañeros peruanos. Lo que en su momento fue un programa más de TVE, hoy cobraría un valor excepcional por tu condición de escritor de primera. (Por cierto, hace veinte años visité lo archivos de Televisión Española, con el propósito de obtener copia de aquella emisión, llevaba esperanza de encontrarla, pero no la tenían: fue un directo, y los directos no se grababan en aquellos tiempos). 

Creo que tus dotes de bailarín no son muy conocidas, salvo por las personas de tu entorno; por eso quiero recordarlas ahora. Y confío en que tu esposa Patricia me admita que no solo sabes escribir, sino que, además, sabes hacer otras muchas cosas, como bailar. Y lo haces –o al menos lo hacías- con la soltura del danzador experimentado. Julia y tú erais la pareja sobresaliente de aquel cuerpo de baile. Destacabais por vuestra donosura, por la agilidad y elegancia de los giros, saltos y zapateados: huayno serrano, porro, pasillo, vals criollo, resbalosa, chicha o cumbia, marinera costeña…  “Palmero sube a la palma, catay, catay, y dile a la palmerita, chumay, chumay; que se asome a la ventana, catay, catay, que su amor la solicita, chumay, chumay…”, todo os salía perfecto, poseíais esa clase propia de los profesionales, bailando con el pañuelo en mano galanteadora, pies descalzos, sombrero alado de paja, pollera ampulosa, desplegada en abanico; expresión desenfadada. Aída, vital, menuda, una linda chola de graciosa y ágil figura, bordaba aquellos bailes. ¿La recuerdas?   

Supongo que algún día, el alcalde de Cáceres, o el de Palma de Mallorca, por citar dos ciudades en cuyas plazas te vieron bailar, sabrán rememorar la presencia en ellas de quien muchos años después sería Premio Nobel de Literatura: “En recuerdo –diría yo en la placa que bien podrían colocar en lugar visible- y homenaje al Excmo. Sr. Don Mario Vargas Llosa, Marqués de Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura 2010, escritor insigne en lengua hispana, que bailó danzas incas en esta plaza con el grupo folclórico del Perú, en el verano de 1959.  El Pueblo y la Corporación Municipal de esta ciudad.”

Bueno, no te enfades, va en serio: tú y Julia bailabais como dioses, es cierto, lo decían todos. En aquella gira se os veía felices, aunque absortos en vuestros pensamientos y en vuestra relación. Ya habías escrito La huida del inca (también eres autor y actor teatral, traductor, conferenciante, docente, director de cine…), El desafío, y Los jefes. No sé si tu mente estaba volcada en esa ficción realista que tanto te (nos) entusiasma, más que en los pormenores de la gira, porque pronto aparecerían La ciudad y los perros, y Pantaleón y las visitadoras, dos obras deliciosas de tus cimientos de escritor que recomiendo a los lectores.

¡Qué tiempos! Viajábamos en un incómodo y sofocante autobús, sentados en pegadizos asientos de eskay, de ciudad en ciudad, como los artistas profesionales. Era aquel vehículo de perturbadora marcha uno de los pocos espacios donde me dejabais soltar la lengua, sin temor a que se descubriese el fraude. En la calle, no; en la calle corríamos el riesgo de revelar mi suplantación: la gente te rodea, se te pega, te pide autógrafos, quiere hablar y tocar al artista, fotografiarse con él, acosarte a preguntas…  “pero tú cállate, se nota mucho tu acento, van a descubrir que no eres peruano”, me pedíais; y yo, callado, buscando la intimidad para poder decir algo, aunque solo fuesen dos palabras. Mira, recordado Mario, a veces reflexionaba y me preguntaba que cómo podían tomarme por peruano con estos rasgos físicos míos, más helénicos que incaicos. ¡Por qué no debía hablar en público! ¿Cantaba tanto mi acento norteño? Bueno…, por mi aspecto físico, digo yo, bien podía dar el pego y pasar por un producto del mestizaje, por una rara avis fruto de una conjunción de blanco y quechua. ¿O no?

Meses después de nuestra gira por tierras de España iniciaste el camino para cumplir tu deseo de consagrarte como escritor. Te lo propusiste a ti mismo en la adolescencia, y había llegado el momento de conseguirlo, alejado de los fantasmas de una juventud turbulenta y de los seriales y boletines que preparabas para la radio en un altillo al que hoy habría que darle categoría de pieza museística. Comenzaste, pues, a forjar tu gloriosa carrera literaria en España y Francia, lejos también de unos personajes reales y al tiempo ficticios, de extravagantes comportamientos como el boliviano Camacho, singular y grotesco, esperpéntico, propio de una obra de Valle, y del amigo y compañero de fatigas y desvelos, el Gran Pablito. Meses después de la gira por España buscaste inspiración en una buhardilla parisina, cumpliste otro deseo, otra promesa tuya, y desde entonces has dedicado tu vida por entero a la literatura: una vida animada por una poco común fertilidad imaginativa, que nos ha dado novelas tan deleitables de prosa y contenidos como Conversación en la catedral, La fiesta del Chivo, La guerra del fin del mundo, o tu última obra, El sueño celta. Y nos ha dado también unos personajes, los de tu fabuloso cosmos literario, mezcla de realidad y ficción, de los que solo el autor conoce el secreto de su autenticidad.

¡Ay!, pero si hubieras ganado a Fujimori y a los grupos de intolerantes e indoctos maniobreros que lo apoyaron, ¿qué habría pasado con el Vargas Llosa escribidor, con uno de los más fructíferos y geniales narradores en lengua hispana de nuestro tiempo? Yo, y otros muchos lectores, hicimos votos por la derrota del Jorge Mario político, debo confesártelo; nos guiaba el egoísmo, la necesidad de seguir manteniendo vivo al Mario escritor, porque, de conseguir la presidencia del Perú, cabía sospechar que lo hubiésemos perdido para siempre.

En 1990, tu obra novelística había alcanzado ya el culmen de la narrativa; le faltaba solo el reconocimiento de ese premio de premios que tanto se hizo esperar.  E insisto: ¿cómo pudieron tardar tantos años en reconocer tu obra los confabuladores suecos? Ya me entra la duda de si fueron intoxicados por determinados poderes fácticos por tu condición liberal, por tu amor a la libertad y a la concordia, por tu lucha en favor de la justicia social y tu rechazo a los nacionalismos (qué bien le iría a Pujol mantener cerrada su desbocada boquita), y también, ¿por qué no lo he de sospechar?, por tu afán de erradicar del poder a dictadores de una u otra ideología, a esos cínicos depredadores de riquezas que se sienten dueños absolutos de sus países, propietarios de un pensamiento único utilizado sin vergüenzas para engañar a sus pueblos.  

A mí, Mario, me tocó otro destino después de aquel festival. Viajé a Alemania, para colaborar desde Berlín, en plena Guerra Fría, en revistas y periódicos españoles. Seguí con la música, pero ya de manera profesional, con la orquesta de un saxofonista de Stan Kenton, el colombiano Tito Sabal, mas pronto me dedicaría plenamente al jazz, cambiando la guitarra por la batería. En Alemania nació otra de mis grandes vocaciones, el alpinismo, simultaneado con la exploración del mundo subterráneo, actividades que, junto con el periodismo, ya no abandonaría hasta que un accidente de montaña y la edad me pusieron freno.

De los demás miembros de aquel grupo folclórico tuve referencias por ti. Nos reencontramos en 1982, como ya dije, cuando, como cronista de fútbol, seguías a la selección del Perú para comentar en La Vanguardia los éxitos y fracasos de tus coterráneos. Tú me lo contaste en aquella cena: todos siguen sus destinos, a excepción del cholo tañedor del cajón, víctima de la guerrilla. Para mí, aquel II Festival de Folclore Hispanoamericano fue una experiencia inolvidable.

En fin, no te molesto más. Recibe, caro y recordado Mario, con mi reiterada enhorabuena, un abrazo de este viejo compañero de música y bailes incas.- José Temes 




Componentes del grupo folklórico del Perú –excepto el cubano Pablo Guevara, con guitarra, a la derecha- en las escalinatas del Ayuntamiento de Cáceres. Mario, de pie, sujeta una guitarra y tiene a Julia a su izquierda. 




En una plaza de la capital cacereña, junto con un grupo de pequeños admiradores. El cholo, percusionista, sujeta el cajón, un instrumento afroperuano adoptado hoy por grupos de música flamenca.



Algunos miembros del grupo del Perú, fotografiados delante del monasterio cacereño de Guadalupe. La segunda por la derecha es Aída, una de las mejores bailarinas del conjunto de universitarios peruanos.




Ocho componentes del conjunto peruano nos dejamos fotografiar vestidos con ponchos, mantas y sombreros incas sobre un simón, en la capital mallorquina.



Miembros del grupo en el castillo de Arguijuelas (Cáceres). Con ellos está Arturo Gatica –primero por la derecha-, de Los Chilenos, hermano de Lucho, que ya había grabado entre otros el long play El Rodeo, con la cantante Hilda Sour y el pianista Jorge Astudillo. 



El cholo, tañedor de cajón – a la derecha-, en la playa de Cala Mayor de Palma.



Mario y Julia –a la izquierda, de pie-, junto con otros miembros del grupo peruano, en una calle de Cáceres. Porta una guitarra el cubano Pablo Guevara, poeta invitado al festival por los organizadores.             



Mario, Aida y el cubano Pablo Guevara, en la plaza del monasterio guadalupano.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Esperaste mucho tiempo para darle a Vargas Llosa la categoría de NOBEL. Yo ya se la dba cuano lei la noevla Panteleon y las visitadoras.- Javier

Anónimo dijo...

¡Jo, menudo escritor el Vargas Llosa. Lei muchas de sus novelas con verdadero placer. FERNANDO

José Luis Gutiérrez Maestre dijo...

Buenas tardes José. Interesante narración. ¿Podría utilizar tus fotografías para un grupo especializado en fotos antiguas? Por supuesto, citando tu nombre y la fuente de información. Un saludo. (José Luis Gutiérrez)

José Temes dijo...

Hola José Luis. ¿Puedo ponerme en contacto contigo por una vía distinta a esta? ¿Está tu teléfono en Internet? Localicé uno de la calle Mónaco de Cáceres. ¿Es correcto? Saludos, JT