martes, 2 de febrero de 2010

En recuerdo de dos víctimas de un clima despiadado



Al regreso de un viaje por paraísos culturales me entero por el blog de Vidal (Montañas a esgalla) de la muerte de dos montañeros bilbaínos en el Curavacas, una montaña palentina de hermosa presencia cuya cima no parece difícil de alcanzar cuando no hay nieve y el tiempo es apacible. Por el contrario, en invierno la ascensión es apta sólo para montañeros experimentados, y si las condiciones climatológicas son extremas, como en el caso de este trágico accidente, la conquista de esa cumbre puede ser diabólica.

Por lo que he leído en los periódicos, los dos jóvenes tenían experiencia en la práctica del montañismo. No cabe pensar que se accidentaran por haber cometido un error en ese ambiente infernal de frío, nieve, viento muy fuerte y niebla que describen las informaciones sobre el suceso, esa niebla maldita que nos hace desesperar cuando, al no haber previsto la posibilidad de vivaquear (dormir al raso) se nos echa encima y cierra toda posibilidad de regreso al valle.

El caso de estos dos montañeros es terrible. Parece ser que la caída de un bloque de hielo los dejó malheridos y los separó de tal forma que no podían ayudarse mutuamente. Pidieron ayuda por medio de un móvil a “emergencias”, pero tardó mucho en llegarles a causa de las extremas condiciones climatológicas. Se dio en este caso, ¡maldita sea!, una conjunción de elementos naturales, hermosos cada uno de ellos por separado para quienes amamos la naturaleza, pero terribles cuando coinciden en el mismo punto; una conjunción de hielo, nieve, viento huracanado y niebla. Ni el helicóptero de salvamento pudo actuar, ni los ángeles de la montaña, en este caso unos también jóvenes guardias civiles expertos en salvamentos pudieron acercarse a los dos heridos por culpa de la niebla y la proximidad de la noche. Cuando les llegó el rescate, ya era tarde. El frío glacial volvería a cobrarse dos vidas jóvenes; las vidas de dos hombres voluntariosos y emprendedores que amaban la montaña y todo lo que ella es y representa.

La pérdida de una vida humana es siempre un hecho conmovedor y doloroso. Y si, como decía Albert Schweitzer, médico y Nobel de la Paz, el dolor es un tirano más terrible que la misma muerte, en este caso debe ser tremendo, debe de ser un dolor imposible de describir e inextinguible para los familiares y amigos de estos dos vascos, porque eran hermanos además de compañeros de cordada. Uno tenía veintiséis años y el otro treinta y cinco. Acumulaban, según las noticias del suceso, suficiente experiencia como para enfrentarse a una ascensión invernal como la del Curavacas, pero el destino les tenía reservada una prueba durísima que no pudieron superar: el accidente de la placa de hielo, el viento, la niebla maldita… y la proximidad de la noche.  
A su familia quiero enviar desde aquí el pesar, el afecto, y toda la solidaridad de este veterano montañero, y también a mi admirado Vidal, amigo de los dos jóvenes fallecidos, bloguero indesmayable y excelente relator de ascensiones que me lleva con sus fotografías a muchas y muy interesantes cumbres.     

Cuando se es joven, el sistema locomotor está en su poderío y la mente se llena de ilusiones. Cualquier objetivo parece fácil de alcanzar debido al ímpetu que da la plenitud física de la edad; somos incapaces de calcular con precisión los riesgos que muchas aventuras entrañan. Y así vemos cómo en los últimos cuatro años perdieron la vida en España más de cien montañeros. Para precisar algunos de esos accidentes recuerdo que en enero de 2008 murieron en un mismo día tres personas: en la sierra de Ayllón, una mujer perdió la vida al precipitarse al vacío cuando practicaba la escalada cerca del Pico del Lobo. Un joven murió, también por caída, en el palentino y hermoso Espigüete, de factura alpina, y un hombre de avanzada edad falleció en el Monte Pikua, en  Isaba (Navarra).

Claro que los accidentes también se dan en otros macizos en los que el riesgo de avalanchas es constante y se pierden muchas vidas. En el año 2007 murieron seis soldados suizos en la Jungfrau (la Doncella), una montaña emblemática de Alpes, alcanzados por un gran alud de nieve. Unidos a esta mole de roca y hielo de más de cuatro mil metros de altitud se alzan el Monje, y el otrora tan temido Eiger (ogro), en el que han dejado su vida muchos alpinistas. Más próximo en el tiempo está el accidente del temible K-2, monte himaláyico, en el que en agosto de 2008 perecieron más de una decena de alpinistas de distintas expediciones internacionales en una ascensión simultánea. Y más aún: unos días antes de la muerte de los dos antes citados bilbaínos, perdía la vida en el Espigüete, próximo al Curavacas, una joven madrileña. 
    
Ningún montañero, ni el más experimentado, está libre de verse envuelto en un accidente. Es imprevisible y surge en cualquier instante, pero es bien cierto que uno puede contribuir en buena medida a reducir el riesgo. En la alta montaña, los cambios bruscos del clima son un factor que hay que tener siempre en cuenta. Recuerdo que en mis años de intensa actividad montañera, antes de emprender la subida a una cumbre pedía información sobre el estado del tiempo. Nunca dejé de hacerlo. En casi todas las poblaciones de zonas alpinas, como Chamonix, Zermatt, Briançon, Grainau, etc., hay buenos servicios de meteorología. Yo solía pedir esa información en las oficinas de los guías de montaña, donde suelen tener previsiones bastante exactas.

La niebla es el peor enemigo del montañero y el excursionista. De ella me ha tocado sacar en más de una ocasión a gente en apuros. Como ejemplo de lo que no se debe hacer en la montaña relataré uno que mantengo todavía fresco en la memoria. Ocurrió en 1996. Una tarde del mes de julio, al regreso de Alpes emprendí junto con mi mujer una marcha desde el Lago Ercina, en Picos de Europa, hasta el Apretadín, pues la tarde no daba para mucho más. Fuimos por Belbín. El día estaba despejado. Aunque era un simple paseo, llevamos como siempre en las mochilas algunos alimentos y una Jamet tubular ligerísima de dos plazas. Por el camino encontramos a un pastor de almas en el Colladín del Cantón. Era un australiano, de padres asturianos, que regresaba al Ercina. Continuamos la marcha, pero a media tarde, cuando ya habíamos dejado muy atrás las ruinas de la fábrica La Concentradora, la niebla empezó a subir rápida del valle y en unos minutos nos envolvió. Su espesor no dejaba ver más allá de los cinco metros.

Antes de emprender la marcha por aquella zona para mí desconocida había tenido buen cuidado de estudiar en el mapa la ruta elegida, tomando nota de las direcciones para que, en caso de niebla, pudiese regresar al lago. Con la brújula de muñeca (en el mapa figuraba la posición de las citadas ruinas) nos guiamos al regreso, y en la subida a Belbín encontramos a una pareja de holandeses (él y ella artistas de teatro) perdidos en las tinieblas de una zona sin senda ni camino. Llevaban ropa de verano, pero no de montaña. Estaban asustados. No sabían qué hacer, pero, felices por el encuentro se unieron a nosotros y continuamos los cuatro ascendiendo por un terreno pedregoso y de abundante rastrera.

Iba yo delante, de guía, cuando a casi un quilómetro de las majadas de Belbín oímos unas voces en la niebla. Eran las de dos parejas de jóvenes madrileños vestidos muy deportivamente: pantalones cortos, camisas sin mangas, chubasqueros y tenis, todo inapropiado para el lugar en el que se hallaban. Estaban desconcertados; no sabían dónde y cómo pernoctar al aire libre. Me preguntaron si podían unirse a nosotros. Les dije que sí, claro, pero les reproché su temeridad. No debían haberse metido en la montaña sin conocerla. Las nieblas suelen subir con rapidez, y como te pillen en zonas donde no hay senda ni camino, vas dado. Si no conoces el itinerario, y si no hay señales, tendrás que esperar a que levante la niebla, y si no es así, a vivaquear donde y como puedas.

Al llegar a las majadas de Belbín, cuando ya hay camino que guía al caminante, nos despedimos de los madrileños. Quisieron quedar allí para presenciar cómo unos pastores trasquilaban ovejas. Con los holandeses, que chapurreaban alemán e inglés, compartiríamos cena ese mismo día en La Fabada, un restaurante que está en la carretera a Canga de Onís. Creo humildemente que libramos a estos seis excursionistas de pasar una noche infernal, ya que la niebla no se disiparía hasta la mañana siguiente. Si no nos hubiésemos encontrado, habrían tenido que dormir al sereno, abrigados simplemente con una ropa de verano deportiva y muy ligera.- JT   


                   Otras tres víctimas de los aludes (03.02.2010)
Cuando mis sentimientos todavía rezuman tristeza por la muerte de los dos jóvenes bilbaínos, hermanos y de padres leoneses, recibo de nuevo noticias desalentadoras: hoy mismo han vuelto a perder sus vidas otros dos montañeros alcanzados por un alud cuando hacían una vía de dificultad media en una zona del Valle de Boí. Y ayer, en Huesca, pereció otro joven sepultado también por un alud, en el Canal Roya, que bien debe conocer Vidal, mi colega de espacios blogueros. Este pico está cerca del collado del Portalet, fronterizo con Francia, en el que en los años setenta la guardia civil controlaba la frontera alojada ¡en una caravana!

No sé qué está pasando, pero algo habrá que hacer (federación, clubs, sociedades de montaña y los mismo montañeros) para frenar esta terrible ola de accidentes. Aunque las últimas generaciones de alpinistas españoles han adquirido bastante experiencia en nieve, si las comparamos con las de hace treinta años, parece haber aún lagunas en esta peligrosa especialidad. Hay que conocer bien el terreno nevado antes de meterse en él, y con ello no está uno libre de ser alcanzado por un alud. El Canal Roya no entraña grandes dificultades, pero, con nieve, hasta el monte más fácil puede convertirse en un infierno por los aludes.

Debemos tener presente que no basta con andar o esquiar por la nieve para confiarse en ella. Conviene conocerla bien si se quiere hacer una ascensión invernal con un mínimo de seguridad; saber cómo se acumula; dónde puede producirse la quiebra y surgir el alud;  hasta qué punto se debe pisar en el borde de una rimaya sin que esta rompa y se precipite, etc., y, conviene, sobre todo, adquirir conocimientos de meteorología para no adentrarse en la aventura con el riesgo de correr un peligro más, añadido al del terreno, por un cambio radical del clima, como creo que ocurrió en el accidente del Curavacas.

Recuerdo que dos excelentes montañeros aragoneses, Rabadá y Navarro, conquistadores de un muy difícil Pico Urriellu por su cara Oeste a principios de los años sesenta, y de otras cumbres de gran dificultad; escaladores ambos muy experimentados en roca, fueron a sucumbir en 1963 en el Eiger suizo agotados por el tremendo esfuerzo que exige su lado norte, sorprendidos por una tormenta cuando ya habían alcanzado La Araña, un nevero colgado de la parte superior de la pared. Sus cuerpos los rescató un equipo coordinado por el experto alpinista Tony Hiebeler. Los dos maños estaban ya en el nevero cuando el tiempo dio un giro radical y comenzó a nevar. Pero siguieron en él, a pesar de la adversa variación climática. Otras cordadas que subían por la misma vía se retiraron.

En esta su última escalada, Rabadá y Navarro valoraron tal vez en exceso su experiencia; se olvidaron de que estaban en un escenario radicalmente distinto a los que ellos tan bien conocían como los de las montañas calcáreas de Picos, Pirineos y Mallos de Riglos. Un escenario que, en definitiva, iba a exigirles un esfuerzo cuasi inhumano y, sobre todo, un gran conocimiento de la progresión en paredes de hielo y nieve. Si hubieran abandonado, como lo hicieron las otras cordadas, estos dos zaragozanos estarían hoy entre los grandes personajes del alpinismo mundial.- JT   
                              (En la foto de Gestor de Rutas, la cima del Curavacas en verano)