lunes, 26 de octubre de 2009

A vueltas con una teoría de visos apocalípticos

Estimado Anónimo: vaya por delante que Lovelock es uno de mis más admirados divulgadores científicos, y que en ningún caso desearía dañar su prestigio. Ha sido y es un luchador en favor de la ecología y del bienestar del hombre. Pero cuando habla a los medios de comunicación incurre a veces en contradicciones que dejan a sus seguidores confusos y un tanto perplejos. No sé si su sentido del humor, que lo tiene, influye en ese juego de palabras que unas veces son claras como agua pura de manantial serrano, pero otras tan difusas que confunden: uno no llega a saber si Lovelock está hablando en serio, o si le toma el pelo a quienes le entrevistan o al mismo lector.

El pasado día seis de octubre, el diario de A Coruña La Voz de Galicia difundió una entrevista con este ilustre divulgador bajo el título de “Lovelock: El hombre no es culpable del cambio climático”. Y en el texto dice a la persona que le hace las preguntas: “El hombre no es culpable del cambio climático. El que ha disparado esa pistola no sabía que estaba cargada. Nadie le puede acusar, no podemos acusarlo de estar matando a Gaia. Estamos a tiempo de parar la bala, pero no sabemos exactamente cómo”.

En otra parte del texto Lovelock le da al planeta todavía unos quinientos millones de años de vida. A la Tierra, no al hombre. Y afirma que entonces no habrá humanos porque las radiaciones solares van en aumento y no podrán soportarlas, lo que para nuestro ilustre divulgador “es algo natural”, porque “desde el inicio del Sol este ha ido aumentando su radiación y se ha ido haciendo una estrella mayor, con un incremento de la temperatura acelerado”.

Así pues, si la bala que disparó el hombre no sabemos aún cómo pararla, y si las radiaciones solares están creciendo desde que se inició el Sol, ¿qué alternativa nos queda para frenar nuestra destrucción?  ¿Liquidar todo el progreso alcanzado y volver al Medievo? ¿Frenar al Sol en su calentamiento? ¿Desechar las energías alternativas porque, según Lovelock, también contaminan aunque en menor medida que los clorofluoruros –CFC-? ¿Instalar por doquier plantas de energía nuclear? ¿Inventar un pesticida que no sea tóxico para el hombre, para no morir ni de hambre ni envenenado?

No sé si nos estamos volviendo locos, o si las teorías sobre la Tierra corren a la par que las de arqueólogos e historiadores sobre la aparición del hombre en el planeta, siempre nuevas y alterables, pero mucho intuyo que hay más oportunismo que certeza, más doctrina que objetividad en temas medioambientales. Basta ver a esos opulentos políticos en las cumbres sobre el clima: llegan a ellas en potentes aeronaves contaminadoras, emplean teléfonos contaminadores, exhalan el humo contaminador de sus cigarros, circulan en coches de gran potencia y alta contaminación atmosférica, se acicalan con sprays cargados de los malditos CFC, disfrutan del placer del aire acondicionado, otro emisor de los CFC ; llevan consigo bolsas y objetos derivados del petróleo; sufragan guerras que dejan muerte y contaminación tras de sí… ¿Y son ellos, precisamente ellos, quienes pretenden frenar la destrucción del hombre?
   
 Mi dilecto bloguero, vuelvo de nuevo a mi mundo de fantasía, con o sin Lovelock; vuelvo a mis  cañitas y a mi diario quehacer, procurando, eso sí, contaminar lo menos posible; fuera humos, fuera plásticos, fuera sprays… pero poco más puedo hacer para salvar a Gaia, porque cerrar minas de carbón, o fábricas de coches, o aeropuertos, o estaciones de ferrocarril, o embalses, o pozos de petróleo, o centrales térmicas, o gobiernos enteros por inútiles e ineficaces… no está a mi alcance. Tampoco puedo afianzar las inestables placas continentales ni taparle la boca  a los volcanes. Además, si sigo a Lovelock debo pensar que ya es tarde para frenar nuestro avance hacia el apocalipsis. ¡Lástima!, porque, con lo hermosas que son las flores, el sol, el viento, la lluvia, los amaneceres y los atardeceres, los árboles… toda la naturaleza en suma; da pena perderla.

En fin, Anónimo, gracias por su matización. Debo confesarle que ese “místico chiflado”, como le llamaron los científicos a Lovelock, me cae fenomenal. Por eso he intentado elaborar en mi prontuario un humilde discurso de conclusiones al menos tan irónicas -pero no tan audaces ni tan garantizadas- como las de ese ilustre personaje sobre la evolución del planeta Tierra y la intervención del hombre en su propia destrucción. Hay que seguir viviendo al sol que más calienta, aunque a la larga acabe abrasándonos.- JT  

P.D.- En el tercer comentario de la entrada "Malos augurios para un planeta en vuelo sin retorno" encontrará el lector la misiva que me envió Anónimo, hecho que agradezco.