viernes, 9 de octubre de 2009

La paz de los tanques y las ametralladoras


Ahora resulta que Afganistán sigue sin estar en guerra, y no lo estaba tampoco cuando España envió por primera vez a sus fuerzas a suelo afgano. Fueron allá a cumplir una misión de paz con carros blindados, ametralladoras, morteros, etc. para defenderse, claro, no para atacar. Pero como las guerras no transcurren en escenarios de sosiego octaviano, sino que lo hacen con muchos sobresaltos, los soldados españoles, objeto de repetidos ataques, tuvieron que responder con fuego, y, con deliberada intención o sin ella, entraron en conflicto bélico contra los talibán.

Por si se ha olvidado recordaré que Rusia, India e Irán ayudaron en la última década del pasado siglo a la Alianza del Norte afgana (conjunto heterogéneo de facciones islamistas) en su enfrentamiento con los rebeldes, mientras EE.UU. se situó frente a ella en apoyo de los talibán. Sin embargo, los atentados contra las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001 cambiaron el rumbo de la historia, y EE.UU. decidió entonces invadir Afganistán con su poderoso ejército en busca de Osama bin Laden y del Mullalh Omar, instigadores ambos de los atentados de Nueva York y líderes del movimiento terrorista Al Qaeda. Pasó así de enemigo de la Alianza del Norte a ser su amigo y colaborador. Una incongruencia más de la política exterior norteamericana.

Después de la invasión, España trasladó tropas a Afganistán con el encomiable objetivo de proteger de las agresiones de los fundamentalistas a los afganos amantes de la democracia y ayudarles a levantar el país. Son ellos, los talibán, unos rebeldes que, influenciados por los líderes teócratas islámicos, se sirven una y otra vez de comandos suicidas para atacar a sus enemigos. Con Aznar en el gobierno –todo hay que decirlo- España cumplió en su día un compromiso de participación en conflictos bélicos, entre otras razones por ser miembro de la OTAN. No debemos olvidar, pues, que los acuerdos suscritos con la Alianza Atlántica contemplan la inclusión de nuestro país en operaciones de paz, y también en las misiones específicas que la Alianza acuerde en cada caso. Y si EE.UU. y la OTAN pidieron apoyo a España, a mi modo de ver no se le podía negar.

Enzarzarse a estas alturas del conflicto en discrepancias sobre si nuestras tropas fueron a Afganistán a colocar ladrillos o a colaborar en una guerra es un absurdo. Si queremos seguir dentro del bloque de países occidentales, disfrutando de sus beneficios, pero también asumiendo sus riesgos, debemos admitir que una de las condiciones es el pago de nuestro tributo de sangre cuando la situación lo exija. Por eso hay que centrar la atención en proporcionar al contingente español armamento acorde con el estado de lucha armada que vive el país, con el fin de evitar bajas en nuestro ejército, y, al mismo tiempo, contribuir a la búsqueda de soluciones pacíficas que acaben con una conflagración iniciada como una simple –pero vasta y masiva- operación para cazar al terrorista Bin Laden y a sus secuaces.

Si los aliados en esta guerra, que dura ya ocho años, no son capaces de capturar con las armas a quienes idearon e impulsaron atentados tan salvajes como el de Nueva York (11.09.2001) o el de los trenes de cercanías de Madrid (11.03.2004), mejor será que abandonen ese territorio y busquen vías de actuación inteligentes e incruentas para dar con ellos y evitar el sacrificio de niños y mayores inocentes. Además, tratar de imponer la democracia, como algunos pretenden, a unos pueblos que aún no han aprendido a convivir en libertad e igualdad, víctimas de serias diferencias étnicas y religiosas, cargados de odio y de deseos de venganza; pueblos de moral y principios muy distintos de los cristianos, entregados en cuerpo y espíritu a su dios para cometer masacres y dar la vida por él; tratar de imponer, digo, la democracia a esos pueblos, me parece a mí que es un objetivo imposible de conseguir, si no es por la fuerza, a la que creo que va siendo hora de renunciar tras ocho años de inútiles intentos.- JT