martes, 17 de noviembre de 2009

El paso fácil de la honestidad a la impudicia

Mientras el hombre sea hombre habrá corrupción en las esferas públicas. Eso parece mostrarnos la realidad de cada día. Pero pienso que las imperfecciones de una ley de partidos políticos, y las de otra ley, la electoral, facilitan el paso de la honestidad a la impudicia a muchas personas de nuestra vida pública, y más concretamente las dedicadas a regir el destino de los pueblos de España y de la misma España. La financiación extra de los partidos es necesaria porque sin ella malamente podrían sobrevivir. Hace falta dinero para mover los voluminosos –y en algunos casos desproporcionados- aparatos de gestión y funcionamiento, y para poder celebrar las campañas electorales. Y así pasa que, cuando los ingresos conseguidos por ley no cubren el presupuesto, hecho habitual, llega entonces el momento de recurrir a la ilicitud, a sabiendas de que se está cometiendo un acto punible. Y, claro, en algunos casos, como las oportunidades las pintan calvas, pues se aprovecha el paso tan cercano del dinero para echar mano de él. Es también una forma fácil de enriquecerse personalmente, pero extremadamente peligrosa.

En los últimos meses estamos viendo cómo se reincide casi a diario en el delito de corrupción; cómo caminan esposadas personas de apariencia honesta, talante educado, de clase y estilo. Una y otra vez, blancos y rojos, morados y amarillos, todos los colores se han visto mancillados en los treinta años largos de transición; unos más, otros menos. De este modo, la democracia va perdiendo lustre y solvencia: pasa de preciado sistema político a régimen (qué mal suena esta palabra) de jodidas desigualdades, de abusos intolerables, de hechos delictivos. Y, lo que es peor, se transmite  a la gente un malsano sentimiento de desconfianza en políticos y gobernantes, y hasta en el mismo sistema.- J.T.